Emilio Martínez Cardona

El ex vicepresidente habló ante un pequeño medio de prensa internacional y sugirió algunos pasos para acelerar la marcha hacia lo que viene denominando, desde hace años, como “el horizonte comunista”.

Qananchiri -“nom de guerre” de Álvaro García Linera en la banda terrorista EGTK- quiere que muchos más paguen el Impuesto a las Grandes Fortunas, no sólo los más ricos. También propone un tributo a las exportaciones del campo (“de los agronegocios”, dice él) y, por si lo anterior fuera poco, plantea “una segunda ola de nacionalizaciones”, que podría incluir áreas de la salud y la banca.

Fórmulas todas que, bajo ropajes falsamente justicieros, encubren el propósito de encaminar al país hacia una sociedad cerrada, sometida a los crecientes controles de un poder totalitario.

A nadie quepa duda que, de aplicarse las recetas de Qananchiri (“el iluminado” en aymara), Bolivia caería de inmediato en el abismo cubano-venezolano, del que existe un difícil retorno como es sabido.

A esta altura, y viendo las actitudes recientes tomadas por personajes como David Choquehuanca y otros, que inicialmente aparentaron un talante conciliador, es casi inútil esperar que en ciertas alas del masismo prime una moderación que frene este tipo de iniciativas catastróficas.

La pregunta es sólo con qué velocidad serán dados los pasos hacia el infiernillo castro-chavista. A menos, claro está, que ese rumbo se tope de nuevo con una sólida resistencia ciudadana.

Para esto es preciso ver la realidad de las cosas y no entramparse en ofertas de pactos relativistas como el sugerido por Carlos Mesa (“empate de narrativas” entre el fraude y el golpe), ni reducir la disputa a un cuoteo judicial entre dos partidos.

Lo que está en proceso una vez más es el montaje de una dictadura burocrática que aspira a ser irreversible, sin visos de alternancia política, donde las libertades irán siendo cercenadas una a una, en aras de una supuesta igualdad que, al final, concentrará la totalidad del poder con absoluta inequidad en una nomenklatura privilegiada.

Esto no es una teoría sino el fruto de la experiencia universal, donde a las mismas políticas han seguido siempre los mismos resultados. Como dijo Friedrich Hayek, “el socialismo, inevitablemente, erosiona la libertad y da lugar a la tiranía”.

Se trata de recetas que, además de asegurar el minado de la república democrática, garantizan también un seguro empobrecimiento. Ya sin el superciclo de los precios internacionales para enmascararlo, el experimento liberticida mostrará su verdadero rostro, por más que Qananchiri piense y opine que las nuevas cargas impositivas pueden ser “motores económicos”. Más perlas para la antología del disparate.

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