Emilio Martínez Cardona

Algunas semanas atrás fui invitado a disertar por el Instituto Libremente, sobre “La realidad del liberalismo en América Latina”. Transcribo en esta columna los principales conceptos que manejé en ese encuentro virtual.

En torno a la definición del liberalismo, sugerí que a la más clásica del “laissez faire” y al principio rothbardiano de la “no agresión” podría agregarse como piedra de toque la descentralización en las innovaciones sociales, teniendo en cuenta que los experimentos a gran escala (nacional o incluso imperial, como en Rusia y China) han desembocado en funestas experiencias totalitarias.

En cambio, los experimentos socialistas en los Estados Unidos del siglo XIX, por ejemplo, se hicieron en pequeñas comunas, que terminaron por autodisolverse o, en casos menores, por evolucionar hacia un cooperativismo inserto en la economía de mercado.

Continué señalando que el liberalismo es un árbol con muchas ramas y que, más que de un contenido dogmático específico y definitivo, se trata de una actitud, un “talante” al decir de los españoles. Una predilección por el libre examen.

Sobre el debate tan en boga en estos días, sobre la compatibilidad entre el liberalismo y ciertas posturas conservadoras, remarqué precedentes como el de Edmund Burke y sus “Reflexiones sobre la revolución francesa”, donde se hace una crítica del racionalismo abstracto jacobino y se manifiesta una presunción favorable hacia el conocimiento acumulado en las tradiciones históricas.

Igualmente, recordé los casos del liberalismo doctrinario en Francia y del moderantismo de Narváez en España, como ejemplos concretos donde esa síntesis fue realizada.

Sin embargo, advertí sobre la confusión actual que puede darse entre las concepciones conservadoras-pragmáticas de cuño burkeano, compatibles con la actitud liberal, y lineamientos nacionalpopulistas en los que se deserta del pensamiento científico. Dejémosle la seudociencia a los socialistas.

Insistí también que en la discusión entre liberal-conservadores y otras corrientes en torno al aborto debería buscarse un programa mínimo común, teniendo en cuenta que en todas las ramas del árbol se está de acuerdo en que no se destinen fondos públicos para esos fines, así como en el derecho a una objeción de conciencia integral en todos los actores involucrados.

En cuanto al marxismo cultural, opiné que éste debe ser objeto de una doble crítica: en el sentido más literal del término, pero también en el kantiano, entendiendo crítica como delimitación, como un determinar los alcances y límites de algo, para no acabar confundiéndolo con cualquier cambio en las costumbres o en la legislación civil.

Finalmente, pero no menos importante, subrayé la importancia de que en América Latina dediquemos esfuerzos teóricos y prácticos a la comprensión e impulso del capitalismo popular, en un marco de economías de alta informalidad provocada por la sobrerregulación estatal.

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