Emilio Martínez Cardona

Subsumido en el colectivismo informe, en la homogeneidad de la horda o el clan, el individuo como ser social será una invención de la ciudad. No sin lucha contra el despotismo del rey-sacerdote, que buscaba centralizar el imaginario y los recursos del imperio agrícola en torno a los hitos urbanos que eran su marca de poder.

Será la ciudad griega el espacio donde el pensamiento mágico cederá ante el racionalismo de quienes piensan a la ciudad. Así la democracia y los filósofos.

Dice el geógrafo crítico Henri Lefebvre que “la filosofía nace, pues, de la ciudad con la división del trabajo y sus múltiples modalidades” y que “el logos de la ciudad griega no puede separarse del logos filosófico”.

Desde la ciudad piensan los filósofos y la ciudad se piensa a través de ellos.

Es inevitable recalar en Aristóteles y su Política como ciencia de la organización de los poderes urbanos, de la Ciudad-Estado. O en la República platónica que igualmente tiene a la polis como espacio de reflexión.

Tendremos en ambos las expresiones iniciales de dos enfoques sobre los que volverá una y otra vez la Razón Ciudadana: el realismo y el utopismo urbano, el primero con su carga pragmática y el segundo con un innegable potencial totalitario.

Pero hacer una filosofía de la ciudad exige preguntarnos sobre una voluntad fundante para esa búsqueda.

Habló el pesimista Schopenhauer de una “voluntad de vivir”, que pedía extinguir en alguna versión occidental del Nirvana. Respondió Nietzsche con su “voluntad de poder”, manifestación de un nihilismo activo y trastocador de los valores. Desde la literatura, Thomas Mann postuló una “voluntad de felicidad”, como base de un hedonismo apacible.

Quizás debamos acuñar la “voluntad de convivir” como eje conceptual de la problemática que abordamos, el impulso social que nos lleva a esa “aglomeración duradera” que es la ciudad, al decir de Max Derruau.

Aglomeración que, sin embargo y tal vez paradójicamente, es ámbito fértil para la floración de potentes individualidades.

“La discusión es la más bella demostración de la buena voluntad de marchar juntos”, señalaba –y acertaba- el hermano del Nobel arriba citado, Klaus Mann. El debate, entonces, será una de las herramientas fundamentales para la “voluntad de convivir”.

Porque no debaten quienes prescinden por completo, ensimismados, de todo espacio público de reflexión (en Atenas, la palabra idiota describía a quien no participaba en el ágora). Ni quienes se creen detentadores únicos y exclusivos de toda verdad suficiente.

Discutir, en este caso, es pensar juntos la ciudad.

Si para Protágoras el hombre es la medida de todas las cosas, podemos decir que la ciudad es la medida de la evolución civilizatoria. No hay civilización sin ciudad irradiante.

Aquí la etimología acude en nuestra defensa, y es Isidoro de Sevilla quien explica que la palabra latina civitas designa a una pluralidad de seres humanos unidos por lazos sociales, y debe su nombre al de los ciudadanos, cives.

Civilización es lo que hacen los ciudadanos.

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