Enrique Fernández García*

La sinceridad nunca ha figurado entre las virtudes políticas y las mentiras han sido siempre consideradas en los tratos políticos como medios justificables.

Hannah Arendt

En 1935, Borges publicó Historia universal de la infamia, un volumen que combina ficción con interés por lo pasado. Sus páginas permiten que tomemos conocimiento de individuos cuyas vidas, en mayor o menor grado, estuvieron signadas por la vileza. Sujetos como Billy the Kid, célebre bandolero, o John Morell, comerciante de esclavos, entre otros casos, son expuestos en dicha obra. Obviamente, los años que pasaron en este mundo no se limitaron sólo a la delincuencia. Es más, si se optara por profundizar en la existencia de cualquier criminal, encontraríamos otras facetas interesantes –su niñez, por ejemplo–, incluso dignas del rescate. Sin embargo, cuando llega el momento del veredicto final, aquél que sirve para determinar si contribuimos o no a mejorar nuestra convivencia, debemos evitar esas ilusiones y quedarnos con lo medular.

De primar lo accidental, aquello que caracterizó a una persona en ciertos instantes, podríamos cometer barbaridades. Pienso en un aspirante a pintor, amante del arte, quien disfrutaba de proyectos arquitectónicos y aun contaba con una extensa biblioteca. Hasta aquí, dado el aprecio sentido por las humanidades, uno podría considerarlo merecedor del aplauso. No obstante, esta biografía debe atender otros aspectos: racismo, intolerancia violenta, campos de concentración y genocidio. Aludo, como ya se habrá sospechado, al monstruo de Adolf Hitler. Se lo podría evocar al lado de Eva Braun, jugando con su pastor alemán, sonriendo a niños arios; empero, el deber ético no es sino recordarlo como lo que fue en esencia, un sujeto tan cruel cuanto repugnante. Sin sus acciones, estoy seguro de que nuestra realidad habría sido mejor o, siendo modestos, menos sangrienta.

Si se trata de hallar ejemplos en los cuales confluyan el perfeccionamiento del espíritu, mediante las expresiones culturales, y la locura del poder político, Rusia nos ofrece un panorama generoso al respecto. Así, en primer lugar, tenemos a Lenin, quien se conmovía con la música clásica, mas no dudaba cuando llegaba el momento de liquidar adversarios para concretar su delirio bolchevique. Por otro lado, contamos con Trotski, que, según Robert Service, superaba a casi todos los políticos contemporáneos en habilidades literarias. Además de escribir en abundancia, tenía una marcada preocupación por la forma. Esteta de las letras y todo lo que quieran, se caracterizó asimismo por lo sanguinario. Agrego a Iósif Stalin, responsable de millonarias muertes y condenas, pero, por otra parte, dueño de una biblioteca con unos 20.000 libros, aproximadamente.

Por último, cabe abordar el caso de los románticos que han empuñado las armas. Es que, por lo visto, los guerrilleros de cualquier calaña, indigenista u occidental, Quispe o Guevara, desencadenan una peligrosa falacia. Se dice que, por ser coherentes, al punto de ofrendar su vida para defender ideas, justificarían el respeto del semejante. Frente a esto, pueden concebirse dos reparos, uno epistemológico y otro ético. Sucede que lo más razonable sería siempre desconfiar de verdades definitivas, dogmas por los cuales, conforme a ellos, valdría la pena su sacrificio. Podrían, pues, estar en un error que su radicalismo impide notar. Al margen de lo anterior, hay un problema moral porque su congruencia no únicamente les ordena inmolarse, sino también matar. Esto es parte de su aporte a la humanidad: asesinatos, bombas, secuestros, robos, calumnias, ataques a la democracia, etcétera. Es lo que debe preservar nuestra memoria.

*Escritor, filósofo y abogado

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