Arturo Yáñez Cortes

Acabamos de despedir el 2020 y para muchos, ha sido un año definitivamente horrible por el COVID19. Sin duda, para quienes han perdido su trabajo, sus emprendimientos, quedaron muy afectados por la enfermedad y sus efectos o lo que es peor, perdieron sus seres queridos, sería muy difícil sostener lo contrario.

Pese a todo, una breve revisión de la prensa global nos muestra que afortunadamente gracias a Dios y sus hijos hechos hombres y mujeres, existen aún motivos para el optimismo y la esperanza, pues la pandemia con todos sus efectos nocivos ha servido también para percutir un conjunto de acciones, que pese a todo, generan aquellos sentimientos y percepciones positivos.

Sin poder ser aquí exhaustivo, habría que empezar por resaltar que a partir del nauseabundo tratamiento que la tiranía China otorgó al brote –los brotes son inevitables, las pandemias opcionales- anteponiendo sus intereses políticos a los de sus ciudadanos y de ahí, a los del resto del mundo globalizado; en tiempo récord, varios grupos de científicos han sido capaces de desarrollar no una sino varias vacunas –confiables en la medida de lo posible- que ya han comenzado a ser aplicadas a millones de personas, así como han descubierto o desarrollado tratamientos que por lo menos han combatido los efectos del virus.

Imposible omitir que tratándose de varias de aquellas vacunas que usan la tecnología basada en ARN (ácido ribonucleico) ese rápido desarrollo ha sido posible gracias a las útiles investigaciones realizadas desde hace muchos años atrás por la húngara Katalin Kariko y el estadounidense Drew Weissman, seguros premios Nobel.

Aunque la pandemia ha sido posible por la globalización, también por ella la humanidad y especialmente, quienes toman decisiones especialmente desde el primer mundo, han comprobado más allá de toda duda razonable que así el estado del arte global, ya no existen fuertes y débiles, un revés en una parte del mundo afecta al resto del orbe, lo que será determinante para emprender la vacunación, por ahora asquerosamente confinada a algunos privilegiados del primer mundo, pero destinada a quedar severamente menoscabada, si no se alcanza al resto.

Se abre entonces, una fabulosa ventana de oportunidad para abandonar esas erróneas políticas que multiplicaron las diferencias, incluyendo no sólo lo estrictamente vinculado con la salud, para avanzar hacia las causas que han producido la calamidad, pasando por el respeto del ambiente y la construcción de un futuro sostenible y responsable para la humanidad, pues el bienestar de unos, depende del de otros.

Sin caer en ingenuo optimismo, la pandemia ha servido para despertar o acentuar sentimientos de solidaridad y resiliencia a través de múltiples acciones desde las más pequeñas, ha logrado frecuentemente sacar lo mejor de la mayor parte de la ciudadanía y, también, nos ha mostrado que por mucha fabulosa tecnología que dispongamos –somos una generación privilegiada en ese ámbito- debemos ser no más, humildes, ante la naturaleza.

Por supuesto en mi lista de positivos, habrá que incluir el aprender a extrañar aquellas “pequeñas cosas”: un abrazo a un ser querido, hacerle una simple visita sin el miedo del contagio, el chocarle la mano al amigo y así una serie de actividades que por ser antes cotidianas, nos habíamos estado olvidando de valorarlas en su real dimensión. Definitivamente, se “aprendió” a apreciar la vida y sus detalles, al parecer ignorados por muchos.

Políticamente, si bien muchas tiranías han aprovechado las inevitables restricciones a nuestros derechos civiles para acentuarlas, la pandemia los ha puesto aún más en descubierto a la hora de evaluar el cumplimiento de sus elementales deberes e incluso, los populismos de todos los signos han quedado aplazados una vez más demostrando su absoluta ineficacia.

No dispongo de más espacio para señalarles otros buenos ejemplos, así que me atengo a lo que circula en las RRSS: “El 2020 no habrá sido un año para tener todo lo que se quería, pero fue el ideal para valorar todo lo que se tiene”.

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