Emilio Martínez Cardona

En un artículo anterior (“Lecturas de pandemia: las distopías”) hicimos una somera introducción a las sociedades imaginarias de tipo pesadillesco, que John Stuart Mill agrupó bajo el término distopía, cuya etimología aproximada sería “mal lugar”, por contraposición a las sociedades utópicas, de pretendida perfección.

El inventario de narraciones distópicas suele iniciarse con la novela “Nosotros” del autor ruso Yevgueni Zamiatin, publicada en 1924, continuando luego el canon habitual con “Un mundo feliz” de Aldous Huxley, editada en 1932, y con “1984” de George Orwell, escrita hacia 1948.

Sin embargo, una revisión bibliográfica más reciente permite inferir que el primer ejemplo de este subgénero de la literatura fantástica podría haberse dado en América Latina, con el libro “Eugenia: esbozo novelesco de costumbres futuras”, publicado en 1919 en México por el escritor de origen cubano Eduardo Urzaiz, emigrado a Yucatán.

En la obra se describe una sociedad sometida a una reingeniería total bajo los dictados de la eugenesia, con un Estado que domina las funciones reproductivas para, obviamente, “perfeccionar” a la humanidad. Bajo la parafernalia tecnológica de la ciudad ideada por Urzaiz, Villautopía, con sus aceras deslizantes y bicicletas voladoras, se esconde la crisis trágica inducida por la eliminación de los vínculos emocionales y familiares. Aspectos que parecen anticiparse en más de una década a la novela de Huxley antes mencionada. ¿La primera distopía sería cubano-mexicana?

Continuando con este canon latinoamericano de las distopías podría incluirse también al cuento “Utopía de un hombre que está cansado” (“El libro de arena”, 1975), donde el maestro Jorge Luis Borges imagina una incursión en un futuro melancólico, en el que se han suprimido la cronología, la historia, las estadísticas y hasta los nombres propios.

Aunque el anfitrión del viajero del tiempo da un relato idealizado de la sociedad futura, con algunos rasgos ciertamente deseables (“los gobiernos fueron cayendo gradualmente en desuso”, ya que “nadie en el planeta los acataba”), los elementos distópicos van aflorando de la mano de la sutil ironía borgeana, dejando entrever un sistema de cámaras de gas de ingreso voluntario pero indefectible.

Ya en el siglo presente y en Bolivia, tenemos un ejemplo de distopía en la novela “El viaje”, de Rodrigo Antezana Patton (año 2002), con un recorrido por los mundos vacíos de un futuro apocalíptico donde la destrucción no ha sido obra de la conflagración atómica que requiere el cliché, sino de una suerte de entropía social, que lleva a la humanidad a escindirse en dos especies en combate mortal.

Igualmente, pueden rastrearse rasgos distópicos en la probable trilogía de Edmundo Paz Soldán conformada por “Sueños digitales” (2000), “El delirio de Turing” (2003) y “Palacio Quemado” (2006), con personajes dedicados –como el Winston Smith de “1984”- a la reinvención de la historia a través de la manipulación de imágenes, discursos y criptografías, al servicio de “un Estado paranoico, generador de ficciones”.

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