Hugo Balderrama

Mi maestro y amigo Miklos Luckas afirma que: «no existe poder sin medios de comunicación». Y es verdad, ya que la experiencia ha demostrado que el método más simple para controlar al público es, por un lado, mantenerlo ignorante de los principios básicos de los sistemas -llevándole siempre a la confusión y desorganización- y, por otro lado, distraerlo con temas sin importancia real. Esto se logra:

Uno, descomprometiendo sus mentes y espíritus; saboteando sus actividades mentales; proveyendo programas educativos de baja calidad en matemáticas, lógica, historia, economía y, especialmente, desmotivando la creatividad. En resumen, ideología como reemplazo de la educación.

Dos, exaltando su ego y unas supuestas «virtudes» que son únicas. Aunque en la práctica, son todos iguales, un muñeco en serie los llama Agustín Laje.

Finalmente, rescribiendo la historia y la ley, y sometiendo al público a distracciones, de forma que desplacen sus pensamientos sobre cuestiones primordiales hacia superficialidades sin mayor importancia (Junk food lo llama la periodista Cristina Martín Jiménez).

Pero hoy quiero concentrarme en el Junk food y su influencia en la opinión pública.

Cuando los gobernantes comprendieron que podían manipular psicológicamente a las masas mediante procedimientos sutiles de control social, el mundo conocido inició una metamorfosis sin retorno que ha desembocado en el momento presente, pero que aún está inacabada y culminará en etapas futuras. Un papel destacado han tenido desde entonces la publicidad, el cine, la prensa escrita y la radio pero, sobre todo, la televisión y el mundo de telerrealidad que ha creado.

Por ejemplo, en las pasadas elecciones bolivianas la gran ganadora fue la izquierda internacional, representada en dos versiones: a) el indigenismo del Movimiento Al Socialismo de Evo Morales y b) la New left de Comunidad Ciudadana (una agrupación política mitad opositora, mitad oficialista) de Carlos Mesa.

Pero la prensa boliviana que -con salvadas excepciones como Iván Rada– carece de conocimientos de doctrinas políticas, y repite sin cuestionamientos la agenda progresista, no dudó en poner titulares como: Bolivia es uno de los países como mayor presencia de mujeres en el parlamento. Lo que los medios no aclararon es que esas mujeres son, en su gran mayoría, feministas y socialistas. Además, que sus agendas son contrarias a la familia, a la vida, al orden y la riqueza.

Pero el mayor peligro de una prensa ideologizada e ignorante no radica en promocionar ideas idiotas, sino en actuar como los ojos del poder. Verbigracia, construir el relato de una supuesta sociedad machista y patriarcal -aunque autores como la socióloga Suzanne Steinmetz demostraron que los índices de violencia intrafamiliar afectan por igual a varones y mujeres-. O tratar de «irresponsables», «desconsiderados» y «anti vida» a quienes cuestionamos la efectividad de las cuarentenas rígidas y prolongadas como método de enfrentar el COVID-19. En casos como esos, la prensa no informa, sino que juzga cual tribunal inquisidor.

Ahora bien, para encontrar los orígenes del problema debemos mirar atrás, a la gran fábrica de progresistas: las universidades.

Cuando un joven ingresa a las carreras de Comunicación Social o Periodismo, se encuentra con una ideologización abusiva con base en los trabajos de Max Horkheimer, Theodor Adorno, Antonio Gramsci, Manuel Castells –quien llamó fascistas a Bolsonaro y Trump; pero siente admiración por Fidel Castro, Hugo Chávez y Evo morales–, entre otros. Si por si acaso, aunque no es común, llega a tocar materias de economía, lo hace con el enfoque de la CEPAL. Finalmente, en cuestiones relacionadas con los sistemas de gobierno y la política, le hablan de justicia social y equidad de género. Por consiguiente, es lógico que los periodistas sean los principales promotores de lo políticamente correcto.

Podemos afirmar que la masiva ideologización en las universidades y la crónica dependencia de los dineros del Estado; hacen que la prensa pueda perder cualquier objetividad en el manejo de la información. Pero, yo añadiría el descuido de los medios culturales por parte de la derecha como un tercer factor –La fatal ignorancia la llama Axel Kaiser–.

Entonces, que, e imitando el ejemplo de Dave Rubin, Vanessa Vallejo o Emmanuel Rincón; empecemos a pelear en el campo del periodismo, porque si la prensa se considera un cuarto poder, es necesario ponerle un contrapeso.

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