Enrique Fernández García*

En el reconocimiento consentido, hay que ser capaz de mantener cara a cara dos libertades que parecen excluirse: la del otro y la mía.
Simone de Beauvoir

Paul Ricoeur pertenece a ese grupo de pensadores cuyas ideas estuvieron marcadas por el encierro. En 1939, este filósofo fue hecho prisionero. Estuvo en varios campos de concentración. No es casual que, habiendo tenido esas agudas experiencias, se haya ocupado de reflexionar acerca del mal o el sufrimiento. Sin embargo, sintió igualmente predilección por otros temas. Así, en distintas páginas, se decantó por escribir sobre la relación con los demás. No cabe, pues, imaginar a quien trabaja en un despacho sin tener presente al prójimo, evitando razonar acerca de cuál es su importancia para nuestra propia existencia. Es cierto, la filosofía tiene que ver con el conocer, mas interesa también reconocernos en ese otro. Nadie niega que sea difícil, por lo cual su esfuerzo se destaca. Esto se nota cuando leemos el último de sus libros, Caminos del reconocimiento, aparecido en 2005.

Nada tan sencillo como convivir con los que piensan de modo similar. Es verdad que, salvo desde una perspectiva jurídico-política, entre otras pocas excepciones, no somos iguales. Cada uno cuenta con manías, prejuicios, pero asimismo creencias e ideales, que pueden servir para distinguirnos del resto de quienes conforman una sociedad en particular. No obstante, en muchos casos, si consideramos temas de mayor trascendencia, como la condena del asesinato, las diferencias pierden fuerza. Teniendo valores y principios compartidos, como el respeto a la dignidad, los vínculos con otras personas son favorecidos. El problema es que esta suerte de común denominador no resulta siempre tan evidente. Es más, en ocasiones, para lograr este acuerdo mínimo, debemos realizar concesiones que nunca hubiésemos concebido. En cualquier caso, tendremos un bien mayor por el que valga la pena luchar. La política hace posible que lo comprendamos así.

En democracia, cabe la preocupación por evitar dos errores. Por un lado, no tenemos que confundir minoría con mayoría. Sucede que, cuando se obtiene un porcentaje importante de votos, pero inferior al 50% más uno, alguien podría sentirse tentado a creerse la voz del poder supremo. Hay que considerar la presencia de otros grupos, sectores, individuos con igual o similar representatividad. Todos tendrían el deber de buscar las mejores soluciones a los problemas sociales. Por otro lado, está el peligro de suponer que una mayoría equivale a totalidad. No, ni siquiera con el 99% de apoyo del electorado se aceptaría esto como válido. Aun cuando se trate de un disidente, éste tiene derecho a manifestar su disconformidad, ejercer facultades, formular reclamos y, desde luego, exigir un trabajo gracias al cual nuestra realidad mejore.

Si es imposible contar con una realidad uniforme, en donde todos sean reflejos de un mismo sujeto, debemos optar por la convivencia plural. Es lo que la sensatez indica. Creo que hasta la fuerza lo sustenta, es decir, nuestra incapacidad de acabar con el otro. Así como la tolerancia puede surgir por tomar consciencia de la imposibilidad de vencer al contrario, corresponde esforzarnos para tener una convivencia diversa, plural, tal vez incómoda. Negarse a reconocer que los demás, quienes no coinciden con nuestras posturas, aunque sea parcialmente, forman parte del mismo escenario social, político, cultural o aun económico, es una posición incompatible con la realidad. No sólo esto. Suponer que no se justifica ningún esfuerzo para ese tipo de convivencia implica renunciar a la democracia, al civilizado modo de lidiar con el poder.

*Escritor, filósofo y abogado

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