Mauricio Ríos García

Robert Brockmann me ha desafiado a escribir una réplica de su artículo Libertarios contra liberales, sobre todo por mis críticas del concepto al que recurre para identificar a Carlos Mesa como un candidato “liberal de centro izquierda”, pero antes de apresurarse calificarlo como una simple aberración, revisemos primero algunos conceptos básicos propiamente liberales.

En rigor, la libertad es el derecho de un individuo a perseguir su propio proyecto de vida sin que otros le impongan el suyo, es decir, libertad frente a la imposición, control, agresión o amenaza de agresión de otros. Por el contrario, la esclavitud es que los individuos, porque no tendrían derecho ni iniciativa propia, son propiedad de un tercero que manda y dicta la manera en que deben vivir su vida.

Así, el liberalismo clásico popularizó la idea de que, a menor intervención del Estado, mayor libertad. Con el tiempo, el concepto de libertad se hizo tan popular que distintas facciones antiliberales comenzaron a afirmar que apoyaban la libertad, aunque no sin antes pervertir su concepto fundamental. Por eso en lugares como EEUU se suele calificar como “liberals” a los antiliberales, y por eso surge el término alternativo de “libertarians”, a quienes en Europa Occidental se consideraría más como liberales a secas, pero con la obra de alguien como Murray N. Rothbard, se considera que el libertarismo es comparativamente más radical que el liberalismo clásico al buscar la abolición llana y simple del Estado frente a la simple reducción de sus quehaceres.

Lo indiscutible es que el liberalismo no defiende a nadie en concreto, sino que defiende la libertad por ser un valor impersonal, porque la libertad es lo correcto. Lo contrario es imponer ingeniería social, realizar cálculos utilitaristas respecto de quién gana y quién pierde con la libertad en una sociedad. La instancia que realmente define pérdidas y ganancias es la cooperación humana, mejor conocida como el mercado, que no tiene manera alguna de realizarse si no es mediante el reconocimiento irrestricto de las libertades individuales, lo cual implica, al mismo tiempo, impedir toda coacción institucional como las del Estado o las de los lobbies a través del Estado.

En este sentido, uno de los errores más graves y comunes surge cuando a la libertad económica se la interpreta justamente como eso, como si su propósito fuera la maximización utilitarista, la asignación de pérdidas y ganancias en una sociedad de manera vertical, pero nada más alejado de la verdad. Así como muy bien dice F.A. von Hayek, aludido como un “tipo interesante”, la curiosa tarea de la economía consiste en demostrar a los hombres lo poco que realmente saben acerca de lo que imaginan que pueden diseñar, en señalar las limitaciones de la ingeniería social. Entonces, simplemente no puede haber libertad individual alguna en tanto no haya libertad económica.

Por eso, entonces, mientras el científico de la economía debe buscar la verdad científica incluso a costa de que las conclusiones de dicha tarea vayan a desagradar a la opinión pública, el político convencional debe ganar el máximo de votos a corto plazo diciendo a las masas lo que quieren escuchar, incluso si en el camino cambia radicalmente de opinión varias veces.

Ahora bien, Brockmann dice que Mesa tendría algo de liberal porque defiende los derechos de la mujer y homosexuales, por ejemplo. El problema está en que en tal defensa pretende crear el Ministerio de la Mujer vulnerando derechos de terceros. ¿Cómo? Por la manera en que lo pretende financiar, con deuda, impuestos y/o inflación, es decir, quitando a unos para dar a otros, asignando pérdidas y ganancias, y eligiendo ganadores y perdedores arbitrariamente en función del aspecto físico, apellido, religión, género u orientación sexual de distintos ciudadanos; perverso, aborrecible, condenable como toda dictadura.

El Deber

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