Hugo Balderrama

Que una nación caiga en manos de un grupo de optimistas sin escrúpulos es el mayor peligro para la libertad y la vida de sus ciudadanos.

Y la razón es muy simple, los optimistas sin escrúpulos actúan con la arrogancia que les da su fe en el «hombre nuevo» -obviamente, construidos por ellos-, desprecian los planes individuales, pero aman la planificación central de todos los aspectos de la vida humana, finalmente, sueñan con transformaciones «redentoras» cuyas consecuencias finales desconocen -en caso de conocerlas, prefiere ignorarlas-.

En noviembre del 2019 Bolivia se libró de las garras de Evo Morales y de catorce años de la versión andina del Socialismos del Siglo 21. Pero, a pesar de todo el daño causado, un porcentaje significativo de los bolivianos están dispuestos a entregarle su voto a otro grupo de utópicos optimistas.

Son varios los sofismas que usan los utópicos para cautivar a la opinión pública, pero acá hablaremos de tres: a) la mentira de la planificación central, b) los falsos ofrecimientos de cosas gratuitas y c) el engaño de la sinergia entre lo público y lo privado.

La mentira de la planificación centralizada

En 1920, Ludwig von Mises, en su libro El cálculo económico en la comunidad socialista, analizó la imposibilidad económica de una sociedad centralmente planificada. A grandes rasgos, el análisis planteado por Mises fue el siguiente:

Sin propiedad privada en los factores productivos no habrá mercado para los medios de producción.

Sin un mercado para los medios de producción no habrá precios monetarios establecidos para éstos.

Sin precios monetarios, que reflejen la escasez relativa de bienes de capital, los responsables económicos no podrán calcular racionalmente el uso alternativo de los bienes de capital.

Por su parte, Friedrich August von Hayek, alumno y amigo de Mises, en Individualismo y orden económico, propuso otro análisis basado en la teoría del conocimiento, que podríamos resumir de la siguiente manera:

El conocimiento es disperso y no unificado. Por lo tanto, el conocimiento individual es siempre imperfecto.

En una economía de libre mercado, esos conocimientos sobre la dispersión se coordinan a través del sistema de precios.

En una economía socialista de planificación centralizada, y después de abolir el sistema de precios, el planificador central no es capaz de poseer todo el conocimiento de toda la sociedad. Por ende, el planificador central no es apto para calcular racionalmente la eficiencia de los usos alternativos de los bienes de capital.

Como vemos, ambos autores nos muestran que la planificación centralizada es inviable e ineficiente, porque los precios reflejan, por un lado, escasez y, por el otro, desinformación. Por lógica, la mejor forma de organizar la economía es dejarla en la mano invisible del mercado, como lo muestran los indicadores económicos de los países más libres, verbigracia, Singapur.

Los falsos ofrecimientos de cosas gratuitas

Los llamados derechos de segunda generación (derecho a la salud, a la vivienda, a la seguridad social, educación, etc.) han generado la mentalidad de recibir todo ello sin intervención del propio trabajo. Ello implica que las familias comienzan a delegar en gobiernos lo que sí pueden hacer por sí mismas desde su propio margen de acción. Ello, a su vez, significa que las familias sacrifican, sin casi darse cuenta, las libertades individuales de las personas que las componen.

Entonces, como los derechos de segunda generación vienen, necesariamente, acompañados del crecimiento del Estado, y éste a su vez necesita más recursos para cumplirlos, el gasto estatal tendrá a elevarse, pero junto con los impuestos. Si señores, todo aquello que los políticos ofrecen «gratis», nos cuesta muy caro a todos.

El engaño de la sinergia entre lo público y lo privado

Todos nos ofrecen superar la dicotomía entre libre mercado y estatismo -algunos incluso la llaman un falso dilema- y proponen la sinergia de los sectores «estratégicos» y el Estado. Pero en este razonamiento existen dos errores.

Primero, no hay sustituto posible para el mercado, pues en él se reflejan las valorizaciones de las personas, se optimizan costos y se asignan de manera eficiente los factores productivos.

Segundo, en la economía no existen sectores estratégicos y otros secundarios. Pues el proceso económico coordina millones de arreglos contractuales. Por ejemplo, para que pueda existir un trozo de carne en la góndola del supermercado son necesarias muchísimas operaciones que son guiadas a través del sistema de precios. La carne está en la góndola gracias a los agrimensores, las empresas inmobiliarias, los alambrados y las empresas de alambrado; los peones que recorren el campo a caballo, los criadores de caballos, los productores de monturas y riendas; los fertilizantes y plaguicidas, los tractores, las cosechadoras; los frigoríficos. En cada momento de todo este proceso, cada uno de los participantes está usando sus particularísimos conocimientos sin prestar atención al trozo de carne ni al supermercado.

Entonces, ¿cuáles son los intereses detrás de esa mentira?

Fácil, los grupos de poder que buscan beneficiarse de los subsidios del Estado. Fenómeno, que al no responder a una demanda real de mercado, sino a un capricho político, siempre termina en crisis económicas que acaban perjudicando a los más pobres, pero beneficiando a los amigotes del poder.

Finalmente, recuerde que la democracia y el voto universal no son los temas más importantes de la política, sino el orden, la paz, la libertad, la riqueza y, especialmente, la vida. Por eso, en las próximas elecciones vote de manera consciente, y no caiga en la falacia del «voto útil».

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