Emilio Martínez Cardona

El tirano fugitivo se hizo escribir sus memorias en Buenos Aires, tituladas “Volveremos y seremos millones”, en una variante de la frase dudosamente atribuida a Túpac Katari y que tiene una fuente más segura en la novela de 1951 de Howard Fast, “Espartaco”.

Allí, Evo Morales da su particular versión sobre sus últimos días en el poder, tratando de construirse una imagen como “defensor de la vida” que “no quería muertos”. Un alegato que, ciertamente, no es consistente con la experiencia de sus 14 años de gobierno, que indica todo lo contrario: matanza de estudiantes universitarios en La Calancha, militarización de Pando, cerco a Santa Cruz y masacre del Hotel Las Américas, entre otros eventos, que totalizaron un centenar de fallecidos a manos de la fuerza pública y de los “movimientos sociales” (secciones de asalto de su partido totalitario).

Pero es interesante el pasaje, divulgado como adelanto del libro, donde Morales cita una supuesta conversación con el general Kalimán, entonces comandante en jefe del Ejército, en la que se habrían evaluado las chances de imponerse a través de un Estado de Sitio y de la represión violenta al motín policial generado por el fraude electoral.

“No hay muchas balas”, sería la respuesta dada por el jefe militar ante el tanteo del autócrata. Luego Morales (o su ghostwriter) trata de endulzar el relato, señalando que eso lo disuadió “porque sólo estaban pensando en matar”, y se le escapa la verdad agregando “y porque cuando tuvieran que actuar, dirían: ¡No tengo bala!”.

En definitiva, aunque el caudillo cocalero intenta achacarle a un subordinado la tentación represiva, todo parece indicar que Morales no es que no buscó esa vía, sino que simplemente no estuvo en “condiciones objetivas” de implementarla.

Esta triquiñuela para descargar en otros los planes represivos ante la “memoria histórica” me hizo acordar a otra muy similar, incluida por el ex presidente Carlos Mesa en su libro “Presidencia sitiada”.

En un apartado que dramáticamente titula “Al borde del abismo”, Mesa cuenta la preocupación que le produjo el cabildo de comienzos del 2005, señalando que los cruceños “amenazaron con elegir un gobernador e ir a las autonomías de facto”, por lo que “el 21 de enero a las 12:00, recibí al Alto Mando Militar”.

“El general Peña y Lillo, comandante de la VIII División con sede en Santa Cruz, estaba preparado y dispuesto a salir a las calles en caso de necesidad. (…) Si la negociación fracasaba, ellos iban a intervenir militarmente la ciudad”, dice, revelando las opciones violentas que se barajaban pero -anticipando el método evista- marcando sutil distancia con ellas.

Felizmente, ambos planes de represión (2005 y 2019) fueron abortados, pero son muestra tanto de mentalidades antidemocráticas similares como de una parecida inclinación a la reescritura falsaria de la historia.

El Día

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