Marcelo Ostria Trigo

La pandemia que sufre la humanidad terminará, pero nos dejará un mundo distinto al de ahora. No es fácil hacerse la idea de esto para quienes hemos pasado la mayor parte de nuestras vidas regidos por un estilo que muchos creen –y es cierto– que fue de avasallante progreso científico y tecnológico y que, a la vez, tuvo calamidades no solo por epidemias, sino porque nos embarcamos en guerras terribles y sufrimos crueles dictaduras.

Lo anterior, de una u otra manera, lo afirman muchos pensadores en el mundo. Concuerdan en que la nueva era puede tener dos caminos: la permanencia y aún la expansión de dictaduras, o la vía del cambio, haciendo que las sociedades sean más libres, tolerantes y avanzadas en el respeto “mutuo y convergente entre la mayoría y las minorías”. El Director General de la Fundación Vida Silvestre Argentina, considera, con razón, que “no podemos estar seguros, aun en estos tiempos difíciles (…) de volver al mismo mundo que teníamos antes del COVID-19”.

El diario La Vanguardia de Barcelona, consigna opiniones de influyentes personajes sobre este tema. Entre ellas, la del italiano Emanuele Felice que matiza: “…esta crisis ya nos está enseñando algo: hay cosas más importantes que la economía” y el escritor español Fernando Aramburu define de forma gráfica ese cambio. “Ahora mismo ya se percibe la poca importancia que empieza a tener lo que ayer nos deslumbraba”.

Hasta ahora, las guerras –nunca dejaron de librarse luego de la Segunda Guerra Mundial- y los enfrentamientos localizados que ocasionaron, desde 1946, millones de muertos incluyendo lo sucedido en los infames gulags, los fusilamientos en Cuba, la persecución inclemente del chavismo y el castrismo y de otros caudillos crueles. Volver a todo esto: regímenes bárbaros o guerras de exterminio, junto a una terrible pandemia como la que ahora sufrimos, no constituyen el camino para asegurar la supervivencia del género humano.

Bolivia está en su propia encrucijada: O vuelve el desastre populista, o se establece un estado de respeto a las instituciones republicanas, se garantiza la libertad de pensamiento, de comercio y de afiliación política, y se preservan los derechos humanos esenciales: pluralidad, elecciones sin fraude, presiones, violencia, amenazas, ni revanchas por agravios imaginarios o reales. Si la justicia se asienta como un poder verdaderamente independiente, si se respeta la propiedad privada y las inversiones; si se renuncia a que el Estado tenga el papel predominante de administrador de la economía nacional productiva, podríamos confiar en que ese cambio, luego de la pandemia, será para el bien de la Patria y de todos.

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