Emilio Martínez Cardona

El Chapare perdió su vieja hegemonía política en noviembre del 2019, pero todavía tiene fuerza suficiente para entorpecer el surgimiento de una nueva hegemonía de las fuerzas democráticas y republicanas. De manera sucinta, esta podría ser la descripción del panorama general que se vive por estos días en Bolivia.

A partir de esas “condiciones objetivas”, desde el Movimiento Al Socialismo se procuran construir las “condiciones subjetivas” para un segundo asalto al poder, impulsando la inducción de un Síndrome de Estocolmo colectivo como al que ya apelaron en el 2005 (“no hay gobernabilidad sin los movimientos sociales”, García Linera dixit).

Más repetición que creatividad. Algo también visible en la reiteración de la estrategia de convulsión desde la periferia hacia el centro, promovida luego del fracaso de su arremetida directa a La Paz de la semana pasada. Se vuelve entonces al guión de los bloqueos provinciales y las tácticas del foquismo rural, un marco en el que se desempolva al “Mallku”, posiblemente tratando de agitar los fantasmas del 2003. Así que no sería raro volver a oír hablar acerca de los planes “hormiga”, “pulga” y “tarajchi”.

En el eje de ese anacronismo histórico está el núcleo duro del MAS, los Barones del Chapare cartelizados en torno a las actividades ilícitas, de aquella “economía roja” de la que hablaba Samuel Konkin. La lumpen-burguesía que durante los 14 años del régimen se constituyó en un “Super-Estado” que se niega a desaparecer.

La excusa elegida para el despliegue de sus bases y aliados es la movilidad de la fecha electoral por razones epidemiológicas, pero en el fondo late la intención de blindar al “instrumento político” ante la eventualidad de que el TSE ose aplicarle la ley en calidad de igualdad con los demás partidos. Y si la ola crece hasta lo insurreccional, tanto mejor, deben pensar en cierta mansión de Buenos Aires.

De cualquier manera, debe tenerse en cuenta que la estrategia de asediar ciudades desde el campo puede pasarle factura al Movimiento Al Socialismo, en cuanto al voto blando de clase media. Pérdida que podría ser aún mayor en caso de que una inhabilitación personal desemboque en la sustitución de Luis Arce Catacora por David Choquehuanca como postulante presidencial.

Mientras tanto, persiste la desagregación de fuerzas democráticas, que deberían acumularse de modo natural en el espacio habitado por alianzas como Juntos, Libre21 y Creemos. El mesismo es otro cantar: apuesta a una suerte de neutralidad, quizás aspirando a heredar alguna fracción del voto moderado del MAS (recordemos también que la coyuntura del año pasado se volvió realmente revolucionaria a partir del “Ni Evo ni Mesa”, manifestado en los cabildos de finales de octubre).

Ante la arremetida realizada desde los fragmentos de la vieja hegemonía, es imperativo avanzar en las articulaciones políticas del nuevo bloque histórico, que ya demostró su capacidad de imponerse ante el populismo despótico.

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