Arturo Yáñez Cortes

Se atribuye al académico camerunés Achille MBEMBE, la formulación del término “necropolítica” o “necropoder” para hacer referencia al uso del poder social y político para decidir cómo algunas personas pueden vivir y cómo algunas deben morir; es decir un supuesto “derecho” a exponer a otras personas (incluidos los propios ciudadanos de un país), a la muerte. Una suerte de “daños colaterales” si se trata de lograr, conservar o retornar al poder.

Mutatis mutandis, ocurre que una versión vernacular de aquel tenebroso entendimiento por parte de aquellos “wampiros” políticos que se alimentan de sangre ajena, la tenemos en Bolivia con el movimiento del prófugo de la justicia, que fiel a su doctrina del meterle no más por muy ilegal que sea, no reparó ni repara en las consecuencias de sus designios. Eso sí, la carne de cañón la ponen otros, por mucho que sean sus “hermanos”, mientras el bien gracias.

Recordemos sin retroceder muy lejos por ejemplo, que la Constitución del 2009 pese a su art. 10.I que declaró a Bolivia un estado pacifista, fue aprobada en medio de la masacre de La Calancha –aun impune- o que la estela de muerte que el régimen dejó a su paso en sus 14 años, resultó en 89 muertos la mayoría por impacto de bala en medio de represiones que no fueron investigadas ni aclaradas, sin contar anteriores víctimas de sus tiempos de sindicalista (esposos Andrade) tampoco esclarecidas. Todo eso pese a que había prometido el 22 de enero de 2006: “El nuestro va a ser un Gobierno sin muertos” e incluso, se había sentenciado: “al primer muerto me voy”…No sólo no se fue, sino que intentó atornillarse en el poder, for ever.

Incluso, fugado por haber sido pillado en flagrancia en su fraude electoral, siguió ordenando desde su guarida cercar y dejar sin alimento a las ciudades e incluso, en plena pandemia, sus huestes marcharon la anterior semana exigiendo elecciones ya no más sin importar los contagios y nuevas víctimas y, esta semana amenazan con nuevos cercos, paro general indefinido con bloqueo de caminos y guerra civil…en plena pandemia: todo un culto a la muerte, unos frankesteins de la necropolítica.

A diferencia de aquellas fúnebres posturas: ¿De qué sirve la política sino es para revindicar el bien más preciado de la humanidad, como es la vida? ¿Acaso, cuando se plantea una determinada visión del estado y la sociedad no se parte que su principal destinatario es la persona? Es, en función al ser humano que se formulan políticas destinadas a protegerle, asegurarle un sistema decente de salud que le asista, un sistema de justicia que proteja y garantice sus derechos y medios de subsistencia que le dignifiquen. El fin de la política debiera ser el ser humano.

La necropolítica constituye el extremo opuesto de la política “civilizada” que pone en primer lugar al ser humano y a su bien más valioso como es su vida, para usarlo como pretexto, carne de cañón o daño colateral, sin importar las consecuencias de sus nefastos designios, al extremo repugnante de no importar si envía a marchar a sus conmilitones sabiendo (imposible ignorarlo hoy en día) que de esa manera estas exponiendo a tus “hermanos” a un probable contagio de muchos u ordenar impedir la circulación de insumos, absolutamente imprescindibles para sostener no sólo la ya mal trecha economía, sino la lucha contra la pandemia, que por si acaso, ya se ha cobrado la vida de casi 679.000 personas y cerca de 3000 bolivianos.

Es el necropoder en su máxima expresión, pues como MBEMBE escribe: “La expresión última de la soberanía reside ampliamente en el poder y la capacidad de decidir quién puede vivir y quién puede morir”.

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