Silvia Alemán Menduinna

El Estado bueno

El Estado no produce nada, pero debe vivir haciendo uso de su poder, es el dueño. Necesitará confiscar la producción y los bienes de los otros. Activará entonces regulaciones sobre las acciones, rentas y riquezas de los otros. Si no lo logra, activará la coacción, igualmente regulada y legitimada. El Estado será el poder, los otros, los obedientes súbditos. La coacción tiende a anular, a rebasar, las capacidades de los individuos. Si esta coacción es sistemática en apelo a las emociones, con lemas vacíos pero vigorosos, como “el bien común o todos somos iguales”, entonces los individuos no solo se tornarán dependientes, llegarán incluso a ser amantes del Estado, más si es de “bienestar”.

¿Qué puede ser más grande y poderoso que el estado del bienestar? El estado del bienestar. En el siglo pasado se dio lugar al concepto de bienestar desde el Estado. Se consideró entonces la urgencia de dar respuesta a las necesidades de una población a través del suministro de bienes públicos y la redistribución de la riqueza. Este hecho, sin embargo, también es atentatorio a las capacidades de las personas y sus vidas. Esto tiene dos consecuencias trágicas: le da al Estado el poder de formar nuestras vidas y lleva a una sociedad donde la irresponsabilidad se generaliza. ¿Para qué trabajar o emprender cuando otro, de todas maneras, nos garantiza nuestro “derecho” al bienestar? (Rojas, 2012).

Pero el único curso “natural” para la supervivencia del hombre y la obtención de riqueza es el propio hombre, con base en el uso de su mente y energía para dedicarse al proceso de la producción e intercambio (Rothbard 2008). Entonces ¿vivimos en universos paralelos? Si el otro, el real, es fascinante, este es el universo donde las personas son correspondidas por sus esfuerzos. Donde unos y otros, acorde a sus capacidades, otorgan los productos bienes y o servicio, sin coacción y de manera libre, ¿no es fascinante? Desde sus orígenes, los seres humanos intercambian y cooperan con otros. Esta cooperación necesita que las personas sean distintas, no iguales, tienen guerras también, pero sucede bajo el libre albedrio.

¿Por qué razón se debería igualar a los seres humanos? Este es un atentado al propio razonamiento. ¿Es válido el justificativo de redistribución de riqueza? ¿Quién se atribuye la capacidad de nivelar, igualar, reducir o hacer prospera a una sociedad? El Estado. ¿Quién podría quitar la renta a los ricos para dársela a los pobres? El Estado. ¿Cuál sería el discurso probo y eximio en el corazón de la gente? La igualdad.

Pocos se oponen a esas limitaciones perversas, por lo tanto, al Estado. Así, este ente abstracto se hace amo y señor de rentas y haciendas. Rentas que el político de turno extrae al conjunto de la sociedad para dárselas a los grupos que entiende que es pertinente que las reciban. Normalmente a los grupos de presión, que están bien organizados y pueden ejercer influencia sobre el Gobierno (Bastos, 2015).

El distribuidor

¿Cómo es posible repartir la ganancia, el esfuerzo, las rentas de unos para dársela a otros? Tan solo este hecho ya debería ser juzgado como corrupto. Por lo demás, el dispositivo de redistribución de las rentas no funciona. Igualar la renta mediante la redistribución forzosa deriva en la destrucción de la riqueza y la renta. Impacta además en las capacidades, incentivos, creatividad, innovación, esfuerzo y aporte en los demás. Si ellos trabajan, ¿para que lo haría usted? Si yo soy el que arriesga capital, tiempo y trabajo, ¿por qué tendría que repartir todo ese esfuerzo y ganancias con otros?

No obstante de los incentivos perversos distribuidos e inalterables en las políticas sociales, las ansias por la igualdad no están satisfechas. En realidad, el problema no es lo que a los otros le falta, sino en lo que los otros tienen. Esta es pues la envidia. Es el sentimiento y comportamiento de quien agudiza su apetito por más concesiones y anhela secretamente superioridad y revancha (Hazlitt, 2013).

La envidia igualitaria

Las demandas igualitarias emergen de lo más profundo de las emociones menoscabadas y vinculadas a sentimientos de pérdida y vaciedad. “La envidia igualitaria es satisfacer transitoria y localmente el precio de la involución cultural y económica. Cuanto más caiga una sociedad en la incitación envidiosa, más frenará su marcha. El igualitarismo ni siquiera es una utopía soñada; es una pesadilla imposible” (Fernández de la Mora, G. p.6. 2011).

Para Gonzalo Fernández de la Mora (2011) la envidia nace de la situación natural de superioridad del otro y que el envidioso quiere hacer desaparecer. Esa la razón de exigir la igualdad entre los inferiores y los superiores. Adicionalmente, la clase dirigente escinde a las masas en agrupaciones contrapuestas, dividiendo a los gobernados en presuntos “privilegiados” y en “pueblo” “privilegiados” o “explotadores”, fomentando de esta forma la envidia colectiva.

Y es que, según el filósofo alemán Max Scheler [1], el resentimiento es la clave de todas las cosas del mundo, y la envidia es sólo una continua cadena de venganzas contra su pasado espiritual. En su análisis, Scheler argumenta que tanto la envidia como el resentimiento tienen relación con el mundo espiritual de los individuos. Es la génesis de la moral y la inversión de valores. Pues son los valores superiores e inferiores lo que distinguen a los individuos. Así, al igual que para Fernández de la Mora, para Scheler el resentimiento y la envidia nacen de los individuos que se sienten inferiores, esencialmente.

Nietzsche [2], en cambio, distinguiría el resentimiento como atributo de la moral cristiana, de la caridad. Argumentaba que la religión nunca había pretendido decir la verdad y que había caído en el mismo error de la metafísica, reivindicando para sí la trascendencia y el mundo sobrenatural. Arremete contra la tradición judeocristiana y contra las religiones. Rechaza los valores dionisíacos de la antigüedad clásica, inventando un mundo ideal, inexistente, y considera que la caridad, la castidad, la humildad y la paciencia son vistas como valores solo por los débiles, por los que no tienen fuerza para superar la opresión y las situaciones de injusticia.

Scheler rechaza esta visión de Nietzsche. Argumenta que la moral cristiana no tiene nada que ver y no está inspirada en absoluto por el resentimiento. El amor cristiano, apunta, aún de sus imperfecciones, no es un movimiento que va desde lo imperfecto a lo perfecto, ni significa el deseo de algo que no se tiene. El amor cristiano tiene valor en sí mismo, y no por su relación a un estado de debilidad o insatisfacción, concluye.

Scheler afirma que el amor cristiano no puede ser interpretado como un simple socialismo igualitarista o como la búsqueda de una simple paz externa o de un ideal social, sino que es ante todo algo interior (Scheler, pp.103-104, 130-136).

Además, y a diferencia de Nietzsche, Scheler afirma que el resentimiento y la envidia surgen de la moral burguesa, de los valores en la moral moderna. De estos aspectos que han transformado el amor cristiano en pura filantropía sentimental que lo reduce a la simpatía, a la emoción o a un sentimiento de lástima, con lo cual se auspicia el resentimiento e incluso la repulsa a Dios.

Hay pues una inversión en la jerarquía de valores. Se juzga como superiores a unos valores que se pueden realizar y como despreciables a otros valores que son inaccesibles para el sujeto. Para la justicia, esta inversión de los valores explicaría el sentido del igualitarismo. Así, en términos económicos, el ahorro pasaría a ser una necesidad, un sacrificio, una virtud. Nunca una preferencia temporal a decir de los economistas austriacos.

Bajo estos argumentos Scheler considera que el resentimiento es en realidad un fenómeno psicológico basado en la conciencia de la propia incapacidad. Por tal motivo desea la venganza.

Define Scheler al resentimiento como una autointoxicación psíquica debido a las descargas emocionales y afectivas, como la desconfianza. El proceso de la envidia no trata de un impulso de venganza natural e inmediata, trata más bien de la conciencia de impotencia, que frena ese impulso, pero se acumula y retrasa el contra-ataque. (Scheler, 1928).

Ludwig Von Mises, economista austriaco, explicaba el socialismo desde el resentimiento, “las gentes se convierten al socialismo porque creen que mejora su suerte, y odian al capitalismo porque creen que les perjudica; son socialistas porque les ciega la envidia y la ignorancia” (Von Mises 1956. pág. 113).

Las personas en general parecen estar atrapadas en esos códigos morales inevitable de los valores superiores e inferiores. Van demandando la igualdad, aún de la forma inmoral de su constitución. Es clara la aseveración de Mises y la experiencia confrontada, frente a la incomparable superioridad del nivel de vida en la América capitalista. Comparada con el paraíso soviético (Von Mises 1956. Pag. 113).

Para el gran psicólogo evolucionista Steven Pinker (1992), la envidia no es un impulso primitivo e irracional. Es el fruto casi inevitable de la dinámica de los organismos sociales racionales, que procuran su propio interés. Se trata de sentimientos que la propia selección natural pudo haber instalado en nuestro cerebro. Al igual que los sentimientos humanos universales, como el orgullo, la ira, la venganza y el amor. El resentimiento surgido desde el sentimiento de inferioridad podría haber sido uno de los rasgos adaptativos, de cuyas emociones morales y funcionales emergieron las aptitudes para la supervivencia.

La demanda igualitaria

Por supuesto, un marco conceptual como los señalados arriba abre la gran posibilidad de convertir un comportamiento intrínsecamente individual en uno colectivo. (Sperber, 1985 Ibarz y León 2004). La negación de la naturaleza humana, su sentido genético y sus rasgos peculiares tienden a ser sustituidos por constructos sociales, donde todas las posibilidades y funciones biológicas no son, se aprenden.

Inclusive las hostilidades durante la interacción se tornan en conductas colectivas; impidiendo la ruptura con la norma, exaltando la igualdad sobre las diferencias. Por ello aparece que la causa determinante de un hecho se debe buscar entre los hechos sociales precedentes, y no entre los estados de la conciencia individual (Durkheim, 1895/1962, Portantiero, 1985).

Teóricos como Franz Boas (1858-1942, Pinker 1992) refuerzan las teorías culturalistas y antropológicas, sustentando que las diferencias entre las razas humanas y los grupos étnicos no proceden de su constitución física, sino de su cultura, y ese es el origen para la construcción del igualitarismo. Afirmado el igualitarismo, pronto se torna en igualdad política, construcción impuesta en la mente de las personas, en versiones y acciones, quizás más contemporáneas: la igualdad de oportunidades, en espera de iguales resultados. Esa implícita negación de las naturales diferencias y variabilidad humana, pronto se traduce la imposición de lo políticamente correcto, aunque en esencia se haya perdido la libertad individual. O pocos la entienden ya.

Es cuando por obediencia, presión y aprendizajes social se tiende a señalar que “nosotros somos el Estado”, frase que Rothbard (1974) condenaría como absurda. Frecuentemente olvidamos que nuestros rasgos y comportamiento están programados en redes neuronales y que nuestros genes moldean nuestros cerebros, los cuales luego se nutren de la información circundante propia de cada entorno cultural.

Naturalmente, con la envidia vinculada a demandas igualitaristas, los Gobiernos fomentaran la envidia colectiva. Así, se auspicia la permanencia y logro de adeptos. Particularmente son los partidos de izquierda quienes exaltan la envidia colectiva.

Fernández de la Mora sustenta entonces, que, planteada de esa forma, la ilusoria pretensión igualitaria se habrá logrado con el cercenamiento de los mejores para ofrecer a todos, todo, menos el logro de su esfuerzo, personal, propio. El estímulo es nulo; la superación y la emulación se encuentran ausentes de dicha mentalidad, no así el de la derecha, que le evita acudir al recurso de la envidia colectiva, sentimiento ampliamente vituperado por ella (págs. 131-133).

Imposiciones perversas

En el devenir coexistimos con la imposición. Suele ser perversa. Somos producto de las escuelas del pensamiento positivista, sociologías fecundadas en el autoritarismo, bajo conceptos marxistas como las clases sociales. Versiones modernas, online, de la psicología ecológica, de entorno y rápida negación de la existencia de asociaciones neuronales para la explicación central del comportamiento humano.

Es perverso, pues pocos han sido y son los esfuerzos por comprender la conducta humana desde la perspectiva biológica y desde el funcionamiento de la mente. La negación de la naturaleza humana se ha extendido más allá del ámbito académico y esto ha llevado a una desconexión entre la vida intelectual y el sentido común, dado que las teorías opuestas de la naturaleza humana se han entrelazado en diferentes sistemas políticos, logrando frecuentemente grandes conflictos a lo largo de la historia. (Pinker, 1992)

Si los individuos supiesen del valor y fundamentos y de la constitución de sus mentes, se incrementaría la cooperación social y la empresarialidad. Se reconocería con mayor nitidez el valor del orden espontáneo del mercado, como el único sistema verdaderamente viable y compatible con la naturaleza del ser humano (Huerta de Soto 2012).

Se reconocerían de manera natural los límites demarcatorios de la propiedad privada del otro, de uno mismo. Se reconocería el derecho individual y los actos libres y voluntarios de unos y de los otros. Pero tan vitales hechos no pueden ser claramente reconocidos, precisamente en los países más pobres. En ellos, prima el discurso, y la proclama por la demanda de la igualdad económica, lo cual, solo señala dos caminos, el igualarnos en la extrema riqueza, o en la extrema miseria. El primer extremo es imposible porque no vivimos en el paraíso, donde la escasez no existe. El segundo en cambio sí es realizable, sería solo cuestión de que el Estado confisque parte de las propiedades de unos para repartirla a los otros, al grupo de “desfavorecidos” (Barba, 2012)

Epílogo

La mente es el principal instrumento de libertad de los individuos. La negación de ello permite la imposición del positivismo. Así, se garantiza un comportamiento colectivo, habitualmente orientado hacia el camino de servidumbre. En el camino, el individuo será reconocido por un número como señal y código esperando vivir o sobrevivir, en una esquina para-estatal, cualquiera. ¿No es perverso?

Bibliografía

Bastos, M. A (2015): La teoría del Estado de (I). Instituto Juan de Mariana https://www.juandemariana.org/ijm-actualidad/analisis-diario/la-teoria-d…

Bastos, M. A (2013): Un reaccionario radical: El pensamiento político de Murray N. Rothbard.

Barba, G. (2016): ¿Importa o no la desigualdad? http://www.guillermobarba.com/importa-la-desigualdad/

Fernández de la Mora, G. (2011): La envidia igualitaria. Madrid, Áltera. c2011. 320.01 F363e.

Huerta de Soto, J. (2012): Liberalismo versus Anarcocapitalismo. Instituto Mises HTTP://WWW.MISESHISPANO.ORG/2012/01/LIBERALISMO-VERSUS-

Hazlitt H. (2013): Del apaciguamiento de la envidia. Instituto Mises, economía austriaca y ética libertaria. http://www.miseshispano.org/2013/07/del-apaciguamiento-de-la-envidia/

Mises Institute (2008): Anatomía del Estado. Rothabard, M. (1974) Capítulo 3 de El igualitarismo como una revuelta contra la Naturaleza y otros ensayos http://www.miseshispano.org/2015/02/anatomia-del-estado/

Oberst, U. Ibarz,V. León, R. (2004): La psicología individual de Alfred Adler y la psicosíntesis de Oliver Brachfeld. Rev. de Neuro-Psiquiat. 2004; 67(1-2):31-44 Revista de Neuro-Psiquiatría 2004; 67: 31-44.

Pinker, s. (1992): La tabla rasa (la negación moderna de la naturaleza humana). Editorial Paidós ibérica, s.a., Mariano Cubí, 92, 08021-barcelona. ISBN 84-493-1489-5. depósito legal: b-08191 rubí Barcelona.

Pinker, S. (2012): Los ángeles que llevamos dentro. Edición Paidos Ibérica, ISBN: 9788449327636.Madrid

Portantiero, JC: (1985): La sociología clásica. Durkheim y Weber, CEAL. Buenos Aires.

Rojas, M. (2012): El fraude del Estado de Bienestar. El Cato. Org http://www.elcato.org/el-fraude-del-estado-de-bienestar

Rothbard, M. (2008): Man, Economy and State: With Powe and Market. Scholar´s Edition.

Scheler, Max. (1988): El resentimiento en la moral. Unión Edición autoriza en América por la Revista de Occidente. Editora, Espasa Calpe. S.A. Buenos Aires.

Von Mises, L. (1956): La mentalidad anticapitalista. Unión Editorial S.A. (Madrid), ISBN: 9788472095434.

[1] Max Ferdinand Scheler (1874-1928), filósofo alemán. Profesor en Colonia (1919) y en Frankfurt (1928), se adscribió a la corriente fenomenológica de Husserl. En una primera etapa criticó la ética formalista kantiana desde la tesis de que todo juicio moral se basa en una asunción intuitiva de valores materiales que no se puede traducir a una regla racional. Su obra más representativa de este período es El formalismo en la ética y la ética de los valores materiales (1916). Justificó su posterior conversión al catolicismo en De lo eterno en el hombre (1921).

[2] Federico Nietzsche (1844-1900), filósofo alemán que percibió con amargura y profundidad este problema del resentimiento en la época moderna (May,1976, p.123), y que lo situó en la base de la distinción que él llevara a cabo entre moral de esclavos y moral, concediéndole una importancia decisiva en la genealogía de la moral, que es el título de la obra dedicada a estudiar este tema. El Resentimiento. Problemas en su definición (2014) http://www.escuelaculturadepaz.org/site/

www.juandemariana.org

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