Carlos Federico Valverde B.

A Ester la violaron, la asesinaron y la dejaron tirada en la calle. La gente reaccionó indignada, como es correcto en casos como estos, lo malo es que de inmediato la histeria colectiva la dirigieron los que siempre salen con reclamos de ocasión a pedir penas judiciales más duras, castraciones químicas, pena de muerte y otras tantas manifestaciones como esas; un ministerio actuará como parte civil, los candidatos se pronuncian, uno de ellos propone todo lo anterior, además de garantizar el empoderamiento de la mujer (¿?) y seguramente dentro de una semana ya se habrá olvidado el tema… hasta que se sepa de otra víctima… otra Ester… por ponerle algún nombre.

En el caso puntual de Ester o Esther (Estrella del desierto) la parafernalia indignada y el apoderamiento mediático y temporal del hecho y no de la niña/víctima no le dio tiempo a nadie de detenerse a escuchar lo dicho por la Policía forense, que decía que la niña presentaba defloración antigua, hecho que establecía que “ya había sido violada anteriormente” y que, además, aparentemente había estado en una casa de acogida, poniendo en evidencia que la diferencia entre esta y las otras Ester que abundan en nuestro país hay un común denominador: las niñas (y en menores ocasiones los niños) están desprotegidos en la sociedad boliviana; Ester era víctima desde antes de su asesinato, nadie se preocupó antes.

El Ministerio Público Nacional (Página Siete,viernes 10/07/2020) da cuenta de que en el último mes y medio al menos 21 menores han sido violados o asesinados por personas cercanas; es decir, que el violador es alguien de su entorno y aquí surge la pregunta: los que gritan mediáticamente, los que piden penas más duras y “castraciones químicas”, ¿no lo averiguaron? ¿No se toman el trabajo de hacer un seguimiento de casos? O simplemente ¿los 20 casos anteriores no fueron tan importantes sólo porque no salen en primera plana, o, porque a esas niñas no las dejaron en la calle después de asesinarlas?

El dato es de lo ocurrido en el país entero. En esto no tenemos diferencias locales y regionales. En Potosí (Colcha K) un hombre violó a su hija de 16; en Cobija, lejos del frío altiplano, un hombre hizo lo mismo con una niña de 11 años y en algún otro lugar pasó algo parecido con una adolescente de 13.

Hace cuatro días, en Santa Cruz, un muchacho de 14 años fue violado por 2 personas, uno de ellos portador de VIH-SIDA, el hecho se comunicó por todos los medios y no pasó de ahí. Y uno se pregunta: ¿debieron haberlo matado para que se reaccione airadamente y se pida “penas más duras”, como si el remedio fuera llenar las cárceles en vez de pensar en evitar que se llegue a eso?

Por si a alguien le importa, es necesario que se sepa que en Bolivia “cada día hay cuatro embarazos infantiles por violencia sexual” (otra nota del mismo medio el 10/07) y lo peor, es que en la mayoría de los casos estos tienen como componente agravante que, reitero, el entorno familiar es el que perpetra el delito, o agresión sexual.

Los datos de la Fiscalía son muy claros. De enero a mayo se registraron 663 embarazos en niñas menores de 14 años y, como bien se explica, por ser menores de 14 años, los mismos son violación o agresión sexual. En los primeros cinco meses se registraron 663 embarazos en niñas.

Estamos en problemas si no entendemos que esto ocurre todos los días y que, salvo los que trabajan la problemática de manera sistemática, no hay nadie más que intente evitar que esto ocurra; esos que trabajan en ello no salen a gritar por lo truculento (que asusta o produce horror por su excesiva crueldad o dramatismo) como políticos y colectivos, a la pesca de algún hecho que los ponga en la palestra y les dé visibilidad por un tiempo.

El violador no anda con su Código Penal en el bolsillo; no se pregunta cuántos años de cárcel le van a dar si lo encuentran; el violador viola; parece una obviedad, pero en el caso presente es necesario marcarlo de esa manera. Reitero, el violador viola y sabe cuáles son las consecuencias si lo encuentran, por eso mata o amenaza a su víctima con dañarla a ella o a su familia. Y se lo escribe de esa manera porque no va a ser por la vía penal que esto se va a aminorar, sino con prevención, con educación, hablando con los hijos o los menores como corresponde, sin poner apodos o suavizar el tema. Si cada padre/madre, si cada maestro/maestra enseña como debe, sin generar traumas, sin infundir miedo sino muy por el contrario, dando información de cómo reaccionar con valor, las cosas podrán comenzar a estar mejor.

El tema es complicado; hablar de ello genera agresiones de muchos lados al que lo hace, sobre todo, de quienes buscan figurar, pero hay que tocarlo; hay que ponerlo en debate, hay que hacerlo porque es necesario, tan necesario como que se sepa que las violaciones se dan en todas las capas sociales; las que más se saben, son las de los pobres, pero ocurren entre las clases medias acomodadas o entre los adinerados y se callan, para evitar “escándalos”, como si el escándalo no fuera más bien callar el hecho.

Violar en la casa, en la escuela, en la universidad podrá ser un hecho muy viejo, pero nunca jamás ha perdido un ápice del horror que genera; violar a amigas o compañeras últimamente se ha convertido en “challenge” o desafío; se hace por apuesta, se hace por diversión, se hace por afianzar “lo macho que se puede ser”; de ahí salen las “manadas” protegidas por las madres y padres de los agresores que consiguen el patrocinio de bufetes de abogados que se encargan de desplegar una batería de agresiones en redes sociales contra la víctima para obligarla a renunciar a los pleitos, estudios jurídicos que tienen a jueces y fiscales a su servicio y garantizan “resultados favorables”. Este es un modo nuevo, muy preocupante. En la mayoría de los casos se da en familias adineradas, es más frecuente de lo que se piensa, hay que tener especial cuidado, hay una lógica de comportamiento a la que aún no se la entiende bien, pero el resultado es el mismo: las víctimas son las que merecen la atención y eso comienza por convencernos entre todos que las víctimas son víctimas y nunca jamás “coautoras” de la agresión, por la razón que fuere; me refiero a alcohol o drogas por medio.

Las Ester de este país son muchas; merecen algo más que el grito de unos cuantos figurones y de políticos en campaña.

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