Hugo Balderrama

Los Inklings eran un cenáculo literario de académicos y escritores británicos, cristianos en su gran mayoría, vinculados a la Universidad de Oxford que se reunió en la ciudad del mismo nombre entre los primeros años de 1930 hasta la década del 60, aunque su época más próspera duró sólo hasta finales de 1949.

Los Inklings eran entusiastas de la literatura, que ponderaban el valor de la narrativa en ficción, y que impulsaban la escritura de fantasía. Algunos de sus miembros más celebres fueron Clive Stanples Lewis, Owen Barfiel -el primer y último inkling- y John Ronald Reuel Tolkien -la escritora Dorothy Leigh Sayers era amiga de Lewis y Tolkien, pero no asistía a las reuniones-. Esas tertulias, que según muchos eran bastante divertidas, nos regalaron algunas de las obras más geniales de la literatura de fantasía en el siglo 20. Por ejemplo, Las crónicas de Nardia y El señor de los anillos.

Si bien, la temática de El señor de los anillos gira alrededor de los mitos, no significa que no tenga enseñanzas para la política. A lo largo de sus páginas, Tolkien nos muestra diálogos como el siguiente:

Boromir: Ninguno deberíamos andar a solas. Y tú menos que nadie. Mucho depende de ti. Sé porque buscas soledad. Sufres, lo veo día a día. ¿Seguro que no sufres sin necesidad? Hay otras posibilidades, Frodo. Otros caminos posibles.

Frodo: Sé lo que propondrías. Y parecería sensato si mi corazón no me previniera.

Boromir: ¿Prevenirte? ¿Contra qué? Todos tenemos miedo Frodo, pero dejar que ese miedo nos domine destruye nuestra esperanza.

¿No lo ves? Sería demencial.

Frodo: No hay otra opción.

Boromir: Solo deseo un poder suficiente que defienda a mi pueblo. Si tú me dejaras el Anillo…

Como vemos, Boromir pensaba algo así como: «si soy bueno, y lucho en el bando de los buenos, utilizaré todo ese poder para el bien». Además, si nuestro Boromir fuese un académico de las ciencias sociales, muy probablemente añadiría la frase bien común. Pues bien, parece que la pandemia ha contagiado a nuestros políticos no de COVID-19, sino del efector Boromir.

Por eso, uno de los signos, en mi modesta opinión, más preocupantes de los últimos tiempos es el notable incremento, al menos desde la llegada del COVID-19 a Bolivia, del clamor por más intervención del Estado en todos los ámbitos de la vida cotidiana.

Los bolivianos creemos que los problemas económicos y sociales se arreglan con un Estado Poderoso. Por consiguiente, estamos dispuestos a permitir que el gobierno regule precios, clausure negocios y meta preso a los especuladores. Tristemente, esa no es la solución, incluso puede ser peor.

Como diría Hilaire Belloc:

Esa disposición de la sociedad en la que un número considerable de familias e individuos se ven obligadas por la ley positiva a trabajar a favor de otras familias o individuos hasta el punto de imprimir a toda la comunidad la marca de ese trabajo.

Friedrich Hayek trazó en Camino de Servidumbre (1944) una senda parecida a la de Belloc, a través de la cual el Estado, bajo la excusa de procurar el bienestar de los ciudadanos, crecería hasta negar casi, completamente, la libertad a éstos.

Verbigracia, con una mayoría del MAS, la Asamblea Legislativa Plurinacional sancionó la Ley Excepcional de Arrendamientos, que reduce el 50% el monto por pago de alquileres a partir de la fecha de declaración de emergencia sanitaria por el coronavirus (17 de marzo) hasta tres meses después de que concluya la cuarentena en todas sus formas.

Muchos hablan de una ley «especial» por tratarse de una situación «excepcional». Pero no es así. Por ejemplo, allá por el año 2015, Mario Guillén -entonces viceministro de Pensiones y Servicios Financieros- ya planteó la posibilidad de regular la venta de terrenos, bienes inmuebles y el precio de los alquileres. Entonces, no es un asunto de emergencia para responder a la pandemia, sino una agenda claramente marcada -que empezó el año 2009, cuando se aprobó la nueva constitución política de Bolivia-.

Pero ¿Por qué es tan peligrosa la regulación de precios de los alquileres?

Primero, porque la emergencia sanitaria no terminará pronto, ergo, estamos frente a una ley que puede convertirse en permanente.

Y segundo, quizás el motivo más importante, la propiedad privada tiene tres elementos consustanciales. El primero es el derecho de uso, el de usufructo y de destrucción de la propiedad. En términos simples, si yo me compro una casa y la habito, ejerzo mi derecho de uso. Si yo compro la casa y la alquilo, se trata de mi derecho de usufructo, gano dinero con algo que es de mi propiedad. Y el tercer derecho es el que tengo de destruir, si me place, mi propiedad. Ahora bien, en una sociedad libre, en la que las funciones del Estado tienen límites, yo soy libre de disponer de mi propiedad en el marco de esas tres figuras. Cuando el Estado interviene en alguno de esos derechos, estamos ante una expropiación.

Para terminar, recuerde que es muy fácil pasar de un «Estado benefactor» a uno esclavista. Porque aquel que tiene el poder de darte de comer, también lo puede usar para matarte de hambre.

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