Hugo Balderrama

En días pasados, el Mises Report de Colombia publicó El virus chino –un trabajo que rescata artículos de intelectuales de la talla de Javier Milei, Agustín Laje, Ben Shapiro y Mario Vargas Llosa–. Como era de esperarse, y sin siquiera leer el texto, varios periodistas de mi natal Cochabamba me cuestionaron por leer, comentar y promocionar un libro que refuerza estereotipos «raciales».

Episodios como el de arriba descrito no son la excepción, sino la regla. Porque desde el inicio de la pandemia, la prensa mundial -la cual los medios de comunicación bolivianos usan como fuente sin ningún análisis- está más preocupada de no ofender al gobierno chino, que de informar sobre el origen y el peligro del COVID-19. Pero una prensa vendida a los intereses chinos no es el único, tampoco el mayor, de los problemas.

Actualmente, amplios sectores de la izquierda, Evo Morales y sus seguidores entre ellos, se regocijan ante un inminente fin del capitalismo y el nacimiento de una «nueva normalidad». En fin, nada nuevo bajo el sol, debemos recordar que desde Carlos Marx hasta Daniel Cohn-Bendit la izquierda viene imaginando fantasías, Pero que, al aplicarlas a la realidad, siempre terminan en pesadillas llenas de sangre.

Ahora bien, la crisis económica que necesariamente llegará –según la OIT se perderán 16 mil millones de puestos de trabajo en todo el mundo-, no será causada por el capitalismo, sino por su ausencia. Lo que el virus ha causado es un parón general de la economía, que se traduce en una reducción de la oferta, una caída del PIB y una disminución de la demanda –el COVID ha logrado que muchos países desciendan a toda prisa al abismo comunista-.

Según David Beasley, director ejecutivo del Programa mundial de alimentos de la ONU, anunció que en los próximos seis meses unas 300000 personas podrían morir de hambre diariamente. Con lo cual, el hambre mataría más personas que el COVID-19 -y por si acaso, no estoy minimizando el peligro del coronavirus-.

Tristemente, América Latina será el continente más golpeado, pues para millones de nuestros compatriotas, la ausencia de ingresos equivale a falta de alimentos y de futuro. Y esa situación tan precaria los convierte en presa fácil de una izquierda carnívora, que nunca los sacará de la pobreza, pero los llena de subsidios para convertirlos en sus grupos de choque.

Por eso, nombrar al COVID-19 como el Virus chino no es racismo -además que, desde siempre, las enfermedades reciben sus nombres en razón del lugar de su procedencia-, sino de responsabilidad científica para determinar las causas que le dieron origen y, llegado el caso, encontrar a los culpables -aunque ya es más que evidente, que el Partido Comunista Chino se preocupó más por construir el relato de la sopa de murciélago, que prevenir la expansión del virus-

Para tristeza nuestra, en estos tiempos donde la tiranía de la corrección política se impone sobre el sentido común, son más importantes la «tolerancia» y la «diversidad» que la verdad y la justicia, y un virus, cuya letalidad es altísima, se convierte en un instrumento más en el espiral del silencio (la izquierda nos está ganando la batalla por la narrativa).

Para terminar, les dejo unas interrogantes.

¿Qué tan libre puede ser un mundo donde los gobiernos -apoyados por gigantes de la tecnología como Apple, Samsung y Google- accedan a nuestros datos más íntimos y desarrollen programas de monitoreo sanitario para todos sus ciudadanos?

¿Qué tal, si después del COVID-19, lo que se monitoree no sea nuestra salud, sino nuestros gustos, preferencias e ideas políticas?

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