Enrique Fernández García*

Nuestra ignorancia es limitada y abrumadora. Todo nuevo fragmento de conocimiento que adquirimos sirve para abrirnos más los ojos a la vastedad de nuestra ignorancia.

Karl R. Popper

Una de las peores desgracias es que mucha gente jamás tome consciencia del esfuerzo hecho hasta ahora para brindarle una vida con ciertas comodidades. Si nos encontramos en mejor situación que hace dos o tres siglos, es porque se trabajó bastante para conseguirlo. Se ha tenido que usar espadas, armas de fuego, bombas, pero también, por supuesto, ideas, teorías, con lo cual nuestro avance ha sido concretado. El problema es que incontables mortales lo ignoran y, por tanto, no aprecian las labores llevadas a cabo para librarnos de grandes males. Básicamente, ellos creen que todo les ha sido dado sin ningún tormento de por medio. Se trata de la crítica que, hace ya 90 años, Ortega y Gasset lanzaba contra el hombre-masa. Este tipo de sujeto era una combinación de ignorancia con ingratitud, añadiéndose actitudes caprichosas, por lo que su poderío en la sociedad no podía sino resultar peligroso.

No pasa por pedir que todos sean eruditos. Contar con vastos y variados conocimientos no garantiza infalibilidad ni tampoco tener una existencia impecable. Nunca dejaremos de equivocarnos, con limitaciones al buscar la verdad, entre otras insuficiencias que sirven para distinguirnos. El punto es que no resulta imprescindible convertirnos en una fuente de sabiduría; sin embargo, sí parece necesario tener algunas ideas claras sobre la realidad. No sería por vanidad, obviamente. Si se cree forzoso, esto es así porque, sin esos saberes básicos, tanto vivir como convivir pueden llegar a ser harto complicados. Por consiguiente, alejarnos de la ignorancia puede sernos útil para desarrollar distintos proyectos, incluyendo aquel que comprende nuestra autorrealización. Es lo que cabe admitir cuando nos percatamos del valor de conocer y, en especial, del aproximarnos a la ciencia. Sin duda, no existe nada negativo en acometer un acercamiento de esta naturaleza.

Desde hace algunos siglos, el valorar los quehaceres del científico parece válido. Ponernos en contacto con sus conceptos, hipótesis, leyes, al igual que estudiar los debates protagonizados por quienes la explotan, trae como grata consecuencia su estima. Naturalmente, no aludo a un placer que sólo podrían sentir quienes disfrutan del debate conceptual, los experimentos, las contrastaciones: la inteligencia en busca de lo cierto. En mayor o menor grado, todos podríamos acceder a esa experiencia tan nutritiva cuanto dichosa. No obstante, conviene tener en cuenta el riesgo del extremismo. Ocurre que, como sucede con la religión, cuando no se tiene espíritu crítico, el conocimiento científico puede conducirnos al fanatismo. En síntesis, lo que corresponde es una valoración mesurada, no acrítica, menos fundamentalista, de la ciencia.

Curiosamente, un entusiasmo desproporcionado por la ciencia puede llevar al despeñadero. Me refiero a las ilusiones que son despertadas por su avance. Lo digo porque hay personas que, en resumen, no ven científicos, sino magos, cuando no, desde luego, dioses. Frente a cualquier necesidad, desde afrontar pandemias hasta posibles choques del planeta con meteoritos, supondrán que los investigadores deben brindarnos una solución rápida y definitiva del problema. Peor todavía, exigen que esos mismos profesionales, académicos e indagadores, dejen de lado su normal proceder. En otras palabras, exigen a los científicos respuestas contundentes, mas sin atender la necesidad de respetar aquellos pasos que permitieron sus adelantos. Al obrar de esta forma, se desnuda una mentalidad anticientífica.

*Escritor, filósofo y abogado

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