Edgar René Rodo Aguilera

En 1346 la plaga bubónica, también conocida como peste negra, llegó a la ciudad portuaria de Tana en el Mar Negro y de ahí se propagó por todo el mediterráneo, el norte de África y gran parte de los países de Europa Occidental y del Este.

La plaga originaria de China fue expandida por comerciantes genoveses, a través de la ruta de la seda, y se transmitía de las pulgas que vivían en las ratas hacia los hombres. Esta plaga fue tan mortífera que terminó con la mitad de la población de las zonas afectadas.

674 años después, se desata otra pandemia atroz, también originada en China – cuándo no – denominada COVID 19, que se ha cobrado miles de vidas humanas y cuya cifra lamentablemente va en franco aumento.

Cuesta imaginar el coste que tiene para el planeta, el párate de la economía mundial, cuesta aceptar el encierro y cuesta creer que pronto saldremos de esta pesadilla salvos y seguros.

Los resultados de los diferentes tipos de control, tratamiento e investigación que se están aplicando con el fin de contener la propagación del virus y abatir los índices de infección y mortalidad están lejos de ser alentadores.

Cuando uno constata que todos estos indicadores van in crescendo por todos los rincones del mundo, cabe preguntarse si el origen de esta nueva plaga es artificial o natural, es decir, si es producto de un descontrol o “error humano” o, por el contrario, es producto de un proceso natural de mutación del virus.

A decir verdad, a estas alturas del desarrollo de la pandemia, no importa tanto el origen o cuna de propagación que haya tenido, es decir DONDE se originó, sino COMO se originó, porque descubriendo el COMO podremos determinar a ciencia cierta si se observaron las medidas de seguridad pertinente, si se siguieron los protocolos, si se actuó de manera eficaz y oportuna, si se cumplieron los estándares internacionales de calidad y seguridad en los laboratorios de investigación, si a su debido tiempo se alertó al mundo respecto de los riesgos de una pandemia, o si muy por el contrario, hubo negligencia, error, irresponsabilidad, violación de los protocolos, ocultamiento de la información, arrogancia política y desprecio por la vida humana.

¿Alguien, o alguna institución global, tiene idea del coste en términos, ya no de vidas humanas, que sabemos son cuantiosas, sino en términos de pérdidas de producción, empleo y empobrecimiento generalizado?

Las consecuencias y resultados que hoy vemos y sufrimos a lo largo y ancho del planeta no dejan lugar a la dudas. Los ciudadanos del mundo debemos pedir y exigir a nuestros respectivos países, que levanten su voz ante la Comunidad Internacional de Naciones, exigiendo el esclarecimiento de las verdaderas causales de esta pandemia, y si hay responsables, por acción u omisión, estos deben ser llevados a juicio y sancionados conforme corresponda, sin perjuicio de las indemnizaciones que tenemos derecho a exigir y recibir por todos los daños causados.

No demandar un juicio internacional, imparcial, justo y esclarecedor, es simplemente aceptar que las decenas de miles de vidas humanas han muerto en vano. Que los millones de nuevos pobres no importan nada, que un “ERROR” lo comete cualquiera y que tarde o temprano el mal terminará, y el mundo como siempre seguirá girando.

Esto no debe pasar, esto no debe quedar en la impunidad, esto se debe investigar y sancionar a los responsables si los hubiere.

El mundo tiene la obligación moral de demandarlo.

Yacuiba 01 de mayo del 2020

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