Hugo Balderrama

Carmen Reinhart, maestra de economía en prestigiosas universidades americanas y experta en inversiones, en una entrevista para el portal web www.eleconomista.es manifestó lo siguiente: «La caída del precio del petrolero, será el beso de la muerte para las economías emergentes». Salvando las distancias con la profesora Reinhart, yo opino lo mismo. Pero el problema no radica en la baja cotización del petróleo -incluso podría ser una oportunidad de oro-, sino en la debilidad institucional de nuestros países.

Por ejemplo, en Sudamérica se encuentran varios de los infiernos fiscales del mundo (Bolivia es uno de ellos), vivimos presos de una pesada carga burocrática (según el BID, tenemos un burócrata cada veintisiete habitantes), tardamos siete meses en aperturar una empresa, pagamos un promedio de 1000 dólares para registrar la propiedad y ocupamos los últimos lugares en los índices de libertad económica (Bolivia se encuentra en el puesto 175 de 180 países). Por ende, nuestra capacidad de crear riqueza en el mercado se ve reducida -y en muchos casos castigada-.

Por otro lado, la educación en nuestras regiones más que formar habilidades y competencias para la vida, es un instrumento de adoctrinamiento socialista. Verbigracia, los planes de estudio con enfoque de «género», «inclusión» y «tolerancia» que personajes como Alex Freyre y Osvaldo Bazán se encargaron de impulsar en Argentina, o la ley Aveliño Siñani en Bolivia que según sus promotores buscaba reivindicar a las naciones «indígenas» -término que, y con muy válidas razones, es rechazado por muchos quechuas, aymaras y guaraníes-.

Pero como el adoctrinamiento no funciona en el mundo privado, muchos jóvenes profesionales -llenos de cartones, pero sin ninguna habilidad real- acaban alimentando la tan ineficiente burocracia estatal. Por ejemplo, en Bolivia existen 500 mil empleados públicos y en Argentina 7 de cada 10 personas trabajan para algún nivel del Estado.

Obviamente, Estados enormes y llenos de empleados generan gastos enormes y requieren ingresos de esa misma magnitud. Por eso, éstos se ven en la necesidad de estatizar muchos sectores que son privados por naturaleza. Como es el caso de la industria gasífera en Bolivia o la producción petrolera en Venezuela -que a nombre de «servir al pueblo» se convirtió en la caja chica de Hugo Chávez y Fidel Castro-.

Al parecer, la clase política latinoamericana esperaba que el último barril de petróleo costara millones -por citar un caso, Ecuador planificó sus gastos fiscales del 2020 con un barril a 48 dólares, aunque la tendencia mostraba lo contrario-. Pero las nuevas tecnologías de producción como el fracking y el cambio de la matriz energética en EEUU -que dejó de ser importador, para convertirse en el mayor exportador de crudo en el mundo- nos demuestran que en el comercio mundial no existe producto insustituible (espero que nuestros gobiernos no recurran a los bancos centrales para cubrir sus déficits).

¿Qué lecciones puede aprender la región de la presente coyuntura?

Primero, es irresponsable depender de la mono producción de las materias primas.

Segundo, no somos ricos por tener recursos naturales -las materias primas son solamente un factor productivo, cada vez con menor importancia-. La riqueza es un proceso creativo constante, que requiere que los mercados funcionen libremente, que se garantice la propiedad privada y que los gobiernos resguarden a la sociedad del crimen. Como afirma mi querido maestro Alberto Benegas Lynch: «la diferencia entre Bolivia y Singapur es fundamentalmente cultural. En la primera se castiga el afán de lucro, en cambio en la segunda se lo fomenta.»

Y finalmente, que el socialismo empobrece a los ciudadanos, enriquece a las élites herméticas y nos convierte en esclavos de la clase política, una inmoralidad por donde se lo mire.

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