Enrique Fernández García*

Los hechos de la vida a este respecto son en un sentido superficial evidentes y constituyen un problema de observación corriente. El mundo en que vivimos es un mundo variable y de incertidumbre.

Frank H. Knight

En 1944, Karl R. Popper publicó La miseria del historicismo. Se trata de una obra cuyo provecho es aún elevado. Pese a su brevedad, el contenido sirve para subrayar nuestras limitaciones, atacando la soberbia que puede caracterizar al semejante. Sucede que, conforme al criterio de dicho pensador, ninguna predicción realizada por gente como Marx, quien aseguraba el advenimiento del comunismo, resultaba aceptable, pues se topaba con un problema significativo: la incertidumbre frente al futuro. En concreto, como no podíamos saber cuánto cambiarían nuestros conocimientos, cómo sería su desarrollo, refutaciones o complementaciones, cualquier anuncio al respecto era insostenible, nada científico. La desgracia es que muchos sujetos se orientan según esas profecías.

Es cierto, no podemos saber cómo cambiará el conocimiento; con todo, eso no impide que pensemos en lo venidero. Más aún, tal como lo ha destacado Norberto Bobbio, entre otros filósofos, proyectamos inquietudes, aspiraciones, temores, esperanzas: quedarnos con lo actual se torna imposible. No basta con vivir el presente, ocuparse de los menesteres que son rutinarios o, a veces, excepcionales; la posteridad se impone, consumiendo tiempo personal, afectando aun las dichas del instante. Creemos que viviremos otro día, semana, mes, año, por lo cual nos volcamos a su planificación. Pero nada garantiza que seremos testigos de un nuevo amanecer. Tampoco sabemos lo que ocurrirá con esta realidad, hoy conocida, mas tal vez luego profundamente alterada. No sostengo que sea imposible vislumbrar los días venideros; resalto apenas la falta de plena certeza.

De acuerdo con Schopenhauer, los únicos males que deberían alarmarnos son aquéllos cuya llegada es segura. Empero, no existe nada que tenga esa contundencia, salvo, claro está, la muerte. Porque, allende las promesas ofrecidas por la religión, cualquiera que sea ésta, contamos con tal certidumbre. La duda gira en torno a cómo se producirá el fin, nuestra inevitable expiración. Por supuesto, en circunstancias críticas, como la que una creciente enfermedad trae consigo, podemos angustiarnos porque lo lejano, remoto, ya se vuelve cercano y concreto. Así, ese impulso de proyectarnos hacia el futuro se topa con la imposibilidad. Aunque ningún futuro sería ineludible, caemos en el pesimismo, figurándonos que serán jornadas cada vez más graves. Quizá la razón, cuando es ejercida con cierto rigor, sin ser perturbada por sentimientos o pasiones, sirva para evitar ese desenlace.

La regla es que, en mayor o menor medida, nos encontramos marcados por esa falta de certezas. Forma parte de nuestra condición humana. Sin embargo, esto no debe llevarnos a una suerte de angustia, peor todavía la desesperación. Cada margen de incertidumbre puede ser entendido como un espacio favorable a la libertad. A partir de allí, desde luego, podemos apostar por proyectos que, aunque parezcan ahora poco viables, se materialicen. Si esto es válido a nivel individual, resultaría igualmente factible desde una perspectiva social. Desconocer, en suma, qué nos traerá lo venidero, cuán difícil será la satisfacción de necesidades materiales, las crisis económicas, ecológicas, biológicas, entre otros factores, puede ser una invitación al optimismo. No estamos condenados a ninguna tragedia. No digo que nunca podría ser peor; dependerá de nosotros, nuestra voluntad e inteligencia, así como también cooperación y entusiasmo, el lograr un mañana en donde haya sitio para una mejor convivencia.

*Escritor, filósofo y abogado

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