Guido Villa-Gómez Roig*

Desde hace varias semanas el mundo entero vive en torno a lo que hace y provoca un enemigo letal invisible, que ninguna nación ni potencia esperaba, y menos imaginaba que iba a paralizar el orbe y horrorizar desde las menos hasta las más desarrolladas sociedades del planeta.

El mundo entero está en guerra y todos los humanos, de una u otra manera, formamos parte de un ejército dispuesto a enfrentar la pandemia del COVID-19 con diferentes y variados niveles de responsabilidad, aunque no con homogénea conciencia sobre la gravedad del mal que nos invade, que no diferencia niveles socio-económicos, geográficos, raciales, o de otra índole.

Ya con la invasión en curso, Bolivia, al igual que casi todos los países ha iniciado una batalla que empieza a cobrar vidas y pone al descubierto fortalezas y debilidades con las que siempre hemos convivido, pero nunca las hemos evaluado en profundidad.

Las fortalezas se muestran por ejemplo en el compromiso de una mayoría de la población (infelizmente no toda) por cumplir con la recomendaciones y regulaciones que el momento exige. También se demuestran en la entrega de los profesionales y trabajadores de la salud que día a día se exponen en beneficio de los demás, generalmente en condiciones mínimas de respaldo organizacional, de recursos hospitalarios y menos de protección.

Las debilidades, cuantitativamente, son muchísimas más y pueden resumirse en los flojos cimientos que soportan nuestros sistemas de educación y salud. A pesar de los esfuerzos que vienen haciendo el gobierno, los medios de comunicación, las redes sociales y otros instrumentos de difusión por socializar las mejores conductas contra la pandemia, la llegada a la conciencia de todos los individuos y/o de grupos sociales no es total. Basta el ejemplo que nos deja la fiesta folklórica que hace pocos días se dio en Patacamaya, en medio de la cuarentena, que por el momento produjo un fallecido y aún no sabemos cuántos portadores del virus y otros potenciales enfermos graves.

La única explicación, para tal nivel de irresponsabilidad colectiva, radica no solo en la inconciencia sino sobre todo en ausencia de conocimiento, entendiendo que este último tiene su base en los niveles de instrucción que se imparten en las escuelas y concluyen en las universidades, sin olvidar el ejemplo y educación que se trasmite, bien o mal, al interior de cada grupo familiar.

En cuanto a la salud, la pandemia pone al descubierto la pobrísima situación del sistema de salud de nuestro país. Recién se empieza a hacer cuentas de cuantos hospitales nos faltan, de la paupérrima situación de muchos de ellos, la falta de recursos humanos, la ausencia de insumos, la desarticulación de la red de servicios de salud y muchas otras flaquezas que ahora cobran factura cuando el enemigo ataca sin piedad. Ejemplos son muchos pero solo menciono dos de las últimas 48 horas. En algunos casos, cero coordinación entre niveles de gobierno y hospitales que se refleja inequívocamente en la renuncia irrevocable del Director del Hospital Japonés de Santa Cruz de Sierra, por discrepancias con la Gobernación de ese Departamento, por falta de apoyo asistencial.

En La Paz amanecimos ayer con la noticia del fallecimiento de un paciente afectado por el COVID-19 que transitó, en grave estado, desde una clínica privada hacia un hospital municipal anunciado como centinela y centro de referencia departamental para la atención de esta enfermedad, para finalmente ser transferido, por falta de recursos asistenciales, a un hospital de El Alto al que nunca llegó porque falleció en el intento.

Considero que en este momento de crisis colectiva, éstas y otras experiencias nos deben llevar a inmediatas reflexiones y a la búsqueda urgente de soluciones para hoy y no para mañana. Es necesario entender que la lucha contra el COVID-19 debe hacerse desde al menos tres frentes que en su conjunto deben constituir un triángulo de combate sólidamente unido por cada una de sus aristas.

Un primer frente liderizado por los estamentos oficiales de nivel central, gobernaciones y municipios, que a partir de su responsabilidad reguladora, les compete también asegurar el cumplimiento de las disposiciones y dar condiciones y recursos para que las instituciones y personas respondan al desafío. El segundo frente está constituido por los centros de salud públicos, de la Seguridad Social y privados que con respaldo de los profesionales y trabajadores de la salud deben adecuarse y responder a las exigencias de la emergencia sin descuidar un minuto su cuidado personal, y el tercer frente constituido por la sociedad en su conjunto que, en cuanto a prevención, juega un rol principal.

Entonces, dejando atrás opiniones divergentes que por cierto las hay, estamos obligados a cerrar filas de inmediato, en resguardo del bien común de todos quienes habitamos en el país. Opino que el gobierno central ha actuado bien y oportunamente en la tarea de prevención y hay que destacar como sus principales autoridades vienen asumiendo roles de gran exigencia física y mental para cumplir con el mandato de la Presidenta en todas las regiones, con valorable apoyo de las fuerzas del orden y de las fuerzas armadas de la nación. Sin embargo, hay notables vacíos aún no resueltos en cuanto a procesos de atención a personas sospechosas y a pacientes confirmados como portadores o enfermos, así como en la aplicación efectiva, no teórica, de protección al personal de salud. Se debe entender que el gran desafío es el cuidado de la salud y la vida y que este cuidado es responsabilidad de todos y entre todos.

En este sentido, preocupan ciertos desajustes de coordinación entre los tres componentes del triángulo previamente mencionado. Es primordial, que con la misma efectividad con la que se crean y difunden normas de prevención, se estructuren niveles de atención por lo menos en las capitales de Departamento seleccionando centros de salud con capacidades de respuesta inmediata y efectiva a las exigencias de atención de esta enfermedad. Esto significa mínimamente recursos humanos adecuadamente capacitados y protegidos, equipamiento e insumos suficientes que no admitan improvisación alguna y más efectiva difusión hacia la comunidad de cómo se debe actuar y proceder en caso de la existencia de un enfermo que requiera atención de especialidad. De otra manera, la dispersión y desinformación seguirán provocando grandes fisuras asistenciales, riesgos procesales y lo peor, muertes que podrían evitarse.

El proceso que vive Bolivia desde noviembre de 2019 ha sido denominado proceso de pacificación. No debemos permitir entonces que la virulencia política, ni otros intereses, nos aparten del fin común de esta lucha que es vencer a este virus que tanto daño físico, psíquico, moral, social y económico viene provocando en el mundo entero.

En el momento que vivimos, los hechos son más importantes que las palabras.

*Médico

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