Quizás la postergación sea hasta más beneficiosa para el país porque —elucubro— “hasta” podría permitir revisar alineaciones y quizás incluso la geografía electoral viciada de injusticia.

José Rafael Vilar*

El COVID-19 llegó y trastornó el mundo que conocemos. Comparando, la Peste Negra mató a un tercio de la población europea del siglo XIV; la Gripe española, entre 20 y 40 millones de personas en 1918; y el VIH/sida, más de 40 millones. Hablamos de cifras muchísimo más grandes que las muertes causadas hasta ahora por el coronavirus: 15.000 en todo el mundo. Y a pesar de ello, ninguna de las pestes anteriores provocó tanto pánico inmediato ni medidas tan radicales como el COVID-19, en parte debido a las fake news y a la desinformación.

Se pueden extraer varias lecciones con la llegada del COVID-19. La primera, que no es posible mentir eternamente, menos en nuestro mundo hiperinformado: el negar la existencia de la enfermedad (usual en regímenes totalitarios como China) fue el factor que provocó la explosión de los contagios y la difusión exponencial del virus. Segundo, en nuestra época hiperinterconectada (no pondré “globalizada”, porque desde Trump no es buena palabra), detener una propagación es una tarea tenaz. La tercera (hay muchísimas más) es que la mentira y la tergiversación son armas apetecibles para la guerra sucia.

Saltaré a las elecciones en Bolivia. Como en otras columnas, seguiré sosteniendo la confianza en la probidad del Tribunal Supremo Electoral y en su presidente; aunque a veces mantener el equilibrio entre ajustarse “en fino” a la legalidad para evitar cuestionamientos y las urgentes ansiedades de la sociedad sea tarea de mucho esfuerzo y penoso reconocimiento. También reconozco que existe una intelligentsia política nuestra que, aunque la mar de las veces sea al borde de una catástrofe, logra acuerdos y consensos. Por eso, no dudo que se alcanzarán consensos para la postergación de las elecciones; algunos porque esperarán réditos de ello, y otros porque comprenderán que es imprescindible, al menos de la gran mayoría.

Hasta puedo entender la negativa del MAS en esta materia, porque la guerra contra el coronavirus es un fuerte argumento contra sus aspiraciones, y porque, a pesar de contar numéricamente con mayoría en la Asamblea, bloquear la postergación no solo sería un suicidio político y social, sino también inútil en la práctica frente a las atribuciones del cuarto poder, el Electoral, para situaciones extraordinarias, las mismas que el propio MAS le atribuyó en 2009 confiado en su cooptación.

Quizás la postergación sea hasta más beneficiosa para el país porque —elucubro— “hasta” podría permitir revisar alineaciones y quizás incluso la geografía electoral viciada de injusticia. Pero, por esta vez, retornaré a mi eje: virus y elecciones y “pescadores” en busca de ganancia. Me abstendré de analizar las medidas sanitarias tomadas (consecuentes con las de la OMS/OPS), y me quedaré con las tergiversaciones malintencionadas, las acciones en presunto autobeneficio y el terrorismo verbal.

Sin dudas, las tergiversaciones malintencionadas redundan en detrimento de quien las dice, cuando la población las contrasta con la realidad —el temor del MAS— y el continuo demérito de lo hecho (acción de algunos) se vuelca contra el que lo hace. Similar camino toman las acciones en autopropaganda: en momentos de necesaria solidaridad y esfuerzo, los protagonismos interesados provocan repudio. El terrorismo verbal, mal o bien intencionado (el efecto Savonarola), es más grave porque augurar la indefectibilidad de miles de muertos no crea conciencia, sino zozobra, cuya prevención debe ser el empeño de todos.

Se ha mencionado estos días a Bocaccio y a Camus; yo recordaré a Dante. En La Divina Commedia habla dos veces de pestes en su octavo círculo: en el vigésimo canto de los impostores y los desleales, y en el vigésimo noveno de los falsificadores y diseminadores de discordia. Huelgan comentarios.

*Analista y consultor político

La Razón

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