Enrique Fernández García*

Sólo un dios ávido de imperfección en él y fuera de él, sólo un dios destrozado, podía imaginar y realizar la Creación; sólo un ser tan insatisfecho puede aspirar a una operación del mismo tipo.

Emil Michel Cioran

En una conferencia llevada a cabo el año 1996, Cornelius Castoriadis reflexionó, una vez más, sobre lo imaginario. Trató entonces de considerar diversos aspectos que se relacionan con nuestra convivencia. No se piensa, pues, en el ejercicio de una facultad que carezca de importancia para los demás. Como es sabido, toda sociedad exige que, para fines de su organización, recurramos a la imaginación, concibiendo reglas, instituciones, pero también metas e ideales, entre otros elementos. Es más, la orientación que tengamos en la vida, especialmente respecto a cuestiones centrales, dejará sentir su influencia. Lo destaco porque, en medio de sus explicaciones, dicho pensador sostuvo que los hombres habían intentado dar forma al caos, recurriendo a tres campos, cuyos dominios deberían interesarnos: ciencia, filosofía y arte. Coincidían en el propósito, aunque contaban con diferencias significativas.

Los científicos pretenden la explicación del mundo, una que liquide absurdos. Como Camus lo apuntó, nos resistimos a creer que la naturaleza se halle marcada por el desorden, las contradicciones. Tiene que haber alguna lógica en sus diferentes manifestaciones. Si contemplamos una larga fila de hormigas, por ejemplo, debe haber leyes que sirvan para facilitarnos un aprendizaje cabal al respecto. Si esto sucede con insectos, lo mismo debería ocurrir en otras situaciones, dentro o fuera del planeta. Es que la busca de sentido puede conducirnos a tener cargas mayores. La misión ya no sería sino total. Así, desde la zoología hasta nuestra propia vida, pública o privada, se nos presentaría un escenario en el que nada impide su esclarecimiento. Podemos ilusionarnos al intentarlo, mas nada garantiza realizar ese cometido.

Los filósofos, por su parte, procuran la dilucidación de lo que pasa en el mundo. No basta con describir, buscar causas, aun hacer predicciones; precisamos su comprensión. Hará igualmente falta la crítica. Por supuesto, nos ocuparemos de cuestionar todo aquello que discuerde, contradiga o niegue la razón. Ocurrirá lo mismo cuando se afectan conceptos como verdad, justicia, belleza. Una realidad en la que no tiene cabida su aplicación, por ende, justificará el rechazo. De manera que las ideas pueden resultar útiles para su mejoramiento. Queremos ordenarlo a fin de terminar con sus criticables irregularidades o, al menos, darle categorías inteligibles. A veces, conforme a esta línea, nuestro problema no es tanto la injusticia que advertimos, sino su incomprensión. Pensar puede equivaler aquí a sistematizar.

Finalmente, para que tenga forma el caos, podemos apelar al arte. En este caso, no se persigue la explicación o dilucidación; el objetivo es crear otros mundos. La idea puede ser ilustrada gracias a los libros. Acontece que, según Mario Vargas Llosa, nuestra insatisfacción con la realidad es el origen del fenómeno literario. El escritor, es decir, un artista de las letras, nos ofrecerá otros universos. Pintores, músicos, escultores, por citar otros ejemplos, no podrían invitarnos a una simple reproducción de la realidad. Una de sus grandezas consiste en ayudarnos a contemplar dimensiones jamás previstas, permitiendo vivencias incomparables, gozos que nos aparten del monótono existir. Porque la vida resulta enriquecida cuando, en determinados momentos, nos animamos a descartar el ordenamiento del mundo para rendirnos ante sus alternativas. No reivindico ningún escapismo; el punto es que, en ocasiones, conmoverse puede superar toda indagación.

*Escritor, filósofo y abogado

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