Humberto Vacaflor Ganam

Cuando vas a invertir tus ahorros, diría un amigo, tienes que elegir bien todos los detalles. Estás dejando de ser un ahorrista, un tipo que tiene más dinero que ideas, como dice Javier Milei, y quieres demostrarte a ti mismo que tiene más ideas que dinero.

Por lo que se da en Bulo Bulo, en el Chapare, sería mejor que el inversionista principiante tratara de imitar a los que fabrican droga, porque los que fabrican urea son una vergüenza. Allí se dio una competencia entre dos modelos económicos: la inversión pública en manos de corruptos, por un lado, y la iniciativa privada, por otro.

En ese lugar, burócratas que disponen de los recursos del Estado decidieron destinar 1.000 millones de dólares, ceros más, ceros menos, por aquello de las comisiones y los sobreprecios, en una planta para fabricar amoniaco y urea.

Unos vecinos de la zona, cocaleros ellos, sospechaban desde el comienzo que el monto era exagerado pero no dijeron nada porque tenían una idea para usar la urea que allí se habría de producir. La habían estado importando y ahora la habrían de tener al alcance de la mano.

Los burócratas siguieron adelante. Se pasaron por alto las leyes sobre estudios de factibilidad, lo que les resultaba fácil porque manejaban el gobierno, no existía contraloría y el legislativo no legislaba. Desde un punto de vista empresarial, lo peor fue que se pasaron por alto principios referidos al costo del transporte, a la logística para sacar la producción hacia los mercados de consumo. Del costo de la materia prima no tenían que preocuparse: estaba regalada.

Los vecinos siguieron mirando, y quizá sonriendo. Estaban contemplando las decisiones de unos improvisados, unos sujetos que no saben de negocios, y solo saben de gastar, y ni siquiera llegan a ser “empresaurios”, como define Milei a los que surgen de aprovechar los contactos con el Estado.

Eso, para un vecino de la zona, era una barbaridad. No puedes malgastar el dinero en proyectos que no tienen ni pies ni cabeza. Salvo que sean, lo pensaron desde el principio, recursos ajenos, plata de otros, de unos tipos que, además, no tienen posibilidades de preguntar en qué están gastando el dinero.

Y llegaron los equipos, muy caros, cada vez más caros conforme los burócratas querían mayores ganancias para ellos. Cuanto más subían los sobreprecios, los burócratas ganaban más.

Los vecinos miraban. La planta de urea se terminó pero no tenía asegurado el sistema de transporte para sacar las 1.800 toneladas por día que debía producir. Alguien olvidó ese “pequeño detalle”, alguien que seguramente estaba más atento a los pagos de las comisiones y los sobreprecios.

Ha llegado el momento de comparar los modelos. La planta de urea pierde dinero cuando funciona, y ha sido paralizada. Los vecinos, en cambio, tienen quince fábricas de cocaína que funcionan a la perfección, incluso sin usar la urea como precursor.

Tienen pistas clandestinas para sacar su producción en avionetas y tienen un aeropuerto internacional para sacarla en aviones Hércules. No pierden dinero. Toda su producción se vende.

El producto que tienen es ilegal, pero los criterios empresariales que aplican son los mejores.

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