Manfredo Kempff Suárez

El martes pasado llegó a su fin una de las infamias más grandes que ejecutó el gobierno del MAS, cuando el 16 de abril del 2009, en horas de la madrugada, decidió asesinar a los súbditos extranjeros Eduardo Rósza (húngaro-boliviano) Michael Dwyler y Árpád Magyarosi, y armar la historia policial más cruel, detestable, y dañina, que mente alguna puede imaginar.

Los ejecutaron en el hotel Las Américas, en Santa Cruz de la Sierra, mientras dormían. Todo había sido planificado para mostrar, con engaños, a la opinión pública, que no se había tratado de un crimen mafioso, sino de un enfrentamiento entre un grupo de élite de la Policía y unos terroristas, que habían llegado a Bolivia contratados para matar al presidente Evo Morales y promover el separatismo del oriente boliviano.

Cuando los cadáveres de los tres ejecutados no se habían enfriado aún, aterrizaba en Venezuela Evo Morales, anunciando que unos terroristas fueron sorprendidos en Santa Cruz con la intención de asesinarlo, pero que él, avisado, había instruido a las autoridades para que “actuaran”, es decir, que eliminaran a los presuntos homicidas. Estando silenciados los pistoleros, se cursó la orden para que, de inmediato, la seguridad del Estado apresara a medio centenar de personalidades cruceñas, culpándolas de haber financiado a los terroristas y de promover el separatismo.

Carlos Valverde, ese infatigable explorador de verdades y mentiras, fue el primero en poner en duda la historia oficial sobre el hotel Las Américas y lo transmitió a través de la televisión, sus libros y sus notas de prensa. También lo hizo Emilio Martínez. (Ver: descarga gratuita del libro “La masacre del hotel Las Américas”) Y ni qué decir de la monumental investigación de Harold Olmos, que hiere el alma con sus 700 terribles páginas, donde sondea los más oscuros entresijos del montaje macabro, en que figuran desde los hermanos García Linera, pasando por ministros, fiscales, jueces, jefes policiales, y gentuza de mala pécora, como el fiscal Soza, que disfrutaron de la extorsión con hedor a cadáveres. Periodistas y columnistas – mujeres y varones – nunca creyeron la versión impostora del MAS y lo denunciaron sin miedo.

39 fueron las personas procesadas a lo largo de casi 11 años de sucedidas las tres ejecuciones extrajudiciales. Inicialmente los sindicados fueron llevados al Panóptico de La Paz, arrancados a propósito de su medio, donde se trató de hacerlos declararse culpables de terrorismo y separatismo, rompiéndoles la moral y el alma con torturas de todo tipo. Hijos que fueron separados de sus padres; padres quitados de sus esposas e hijos; familias dispersas, heridas, destrozadas; pobreza y lamentos, lutos familiares, y exilio. Porque no todos los acusados por el régimen cayeron en manos del ministerio de Gobierno o de los fiscales venales, sino que lograron alcanzar el destierro, el ostracismo, la peor de las muertes según los antiguos griegos y romanos.

El hecho es que la justicia estaba controlada por el MAS y aún continua ahora. Además de que el MAS se ingenió realizar las fatales elecciones judiciales, que no fueron otra cosa que poner a su servicio a toda la judicatura nacional. ¿Qué podían hacer los acusados? ¿Qué sus familiares? No se podía hacer otra cosa que esperar que el régimen admitiera la verdad. Pero admitir la verdad era reconocer que eran unos mal nacidos. Entonces, el proceso continuaba a la deriva, pero tenía a los ciudadanos presos. Esa era su moneda de cambio. Así lograron lo que no se puede censurar, y es que algunos, luego de cinco o más años de penurias y desesperanza, se declararan culpables a cambio de su libertad.

Nunca, jamás, ningún gobierno cometió en nuestra ciudad lo que hoy se llama el “juicio del siglo”. El MAS armó el temible “fiscalato”, agrupación de semi letrados fiscales, sin entrañas, pero con hambre. Togados ignorantes de la ley, pero obedientes a la orden de quienes les pagaban. En el juicio sobre terrorismo-separatismo hubo tres muertos, tres asesinados. Los tres fueron ejecutados a tiros por el gobierno del MAS. Ninguno por los cruceños procesados. La Justicia (con mayúsculas) espera su momento.

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