Enrique Fernández García*

Así como la tierra necesita labradores, la mente necesita maestros. Pero los maestros no son tan fáciles de conseguir como los agricultores. Los maestros mismos a su vez son y deben ser discípulos.

Leo Strauss

Nunca dejarán de atraerme los interrogantes en torno a la naturaleza humana. Se trata de cuestionamientos que, desde la Edad Antigua hasta el presente, han contado con diversos pensadores. Recuerdo que Max Scheler, filósofo de los valores, reflexionó al respecto cuando escribió El puesto del hombre en el cosmos. En sus páginas, uno se percata del valor que debe concederse a ese tema, pues, al cavilar sobre nosotros mismos, nos sentimos desafiados, teniendo que identificar atributos, virtudes, pero también limitaciones, vicios e insuficiencias. Porque no hay época en la cual los miembros de nuestra especie hayan ofrecido solamente muestras del más elevado perfeccionamiento, sea material, espiritual u otro que sirva para evidenciar superioridad. Tenemos demasiados casos en los que, con claridad, se revela cuán lejos de ser impecables nos hallamos.

Empero, aun reconociendo las ruindades que nos tuvieron como protagonistas, queda margen para el optimismo. No todos cayeron en los abismos de la indecencia, perversidad y peligroso gusto por el desconocimiento; hay asimismo gente que merece nuestro aprecio. Aludo a personas que se constituyen en un ejemplo significativo de cómo tener una vida virtuosa, útil para sí misma y los demás. Son quienes marcan una grata diferencia cuando sus años en el mundo se comparan con los del prójimo. Soy consciente de que, conforme a distintos historiadores, lo relevante no son los individuos, sino otros factores, circunstancias en las cuales ningún ser humano es tan extraordinario como para fabricar el destino social, peor todavía planetario. Pese a ello, creo que, con su conducta y, es más, reflexiones, conceptos e ideas, alguien puede realizar un aporte harto importante.

Como sé que la creencia en los grandes hombres puede conducirnos al infierno político, cabe aclarar el punto. Al igual que Isaiah Berlin, siento predilección por la historia de las ideas. Es que pensar, meditar, intentar un ejercicio de la razón para encontrar respuestas, así como también plantear preguntas provechosas, no puede sino ser considerado imprescindible para incrementar nuestros conocimientos, lo que jamás debería juzgarse desdeñable. Si valoro esos quehaceres del razonamiento, nada tan previsible como el afecto sentido en favor de quienes los llevan a cabo. Según esta lógica, la grandeza de un individuo dependería del rigor, esplendor o, en ocasiones, genialidad que tengan sus meditaciones. No desprecio su vida; de hecho, las biografías, autobiografías y memorias, con sus anécdotas e intimidades, me han parecido siempre atractivas. La cuestión es que, entre cuerpo y mente, si correspondiese aún este dualismo, me quedo con lo segundo.

Desde la perspectiva del pensamiento, las mentes más grandes se suelen hallar en lo que se conoce como obras clásicas. No sostengo que todo se reduzca a esos libros, invitando al desprecio de otros medios, sean éstos digitales o tradicionales. Mi observación tiene que ver con el carácter insuperable de tal formato para transportar ideas. Gracias a neurocientíficos como Stanislas Dehaene, sabemos cuánto se ha beneficiado el cerebro con la lectura. Al tomar contacto de lo razonado por sujetos del pasado, se ha producido una comunicación que nos nutre, así sea para la refutación. Destaco esto último porque las ideas grandes son aquéllas capaces de provocarnos, hacernos pensar, tanto a favor como en contra. Es en virtud de una dialéctica como ésta que los maestros del pasado dejan su impronta entre nosotros.

*Escritor, filósofo y abogado

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