Susana Seleme Antelo

El año 2019 termina con lo mejor que podía haberle ocurrido a la sociedad boliviana: que Morales y los suyos ya no detentan el poder.

A Evo Morales la historia no lo absolverá. La justicia tampoco. Ambas lo condenarán por sus crímenes y los desaforados actos cometidos durante su mandato. Actuó siempre el margen de la ley y de su propia Constitución, cuya aprobación cobró tres muertos. Sí tuvo a bien confesar que “si los abogados me dicen que es ilegal, yo le meto nomás y les digo métanle nomás y después lo legalizan, para eso han estudiado”. Ese “le meto nomás”, dicho en agosto de 2008, en Sucre, significa que ‘a confesión de partes, relevo de pruebas’.

Quiso impunidad, como quería el poder, “para toda la vida”. Ahora la quiere desde el benévolo exilio que le brindan sus amigos de la izquierda acrítica y populista. Sin embargo, no será absuelto por los crimines de lesa humanidad con los que acosó a Bolivia en los 14 años de su régimen, con más de 100 muertes violentas, presos y exiliados políticos, y tras el fraude la orden de “cercar y matar de hambre a las ciudades”.

En Morales, la lucha por el poder total devino en patología de guerra: o conmigo o contra mí. A las violencias antiguas, desde México le agregó el grito “ahora sí, guerra civil” con el que sus huestes civiles y paramilitares mataron a más de 30 personas y dañaron infraestructura vital en el país.

Tampoco se lo absolverá por desinformar a la opinión internacional con videos de disturbios y represión en México y Irak, como si hubiesen sido en Bolivia. Morales, ‘moralito’, el impostor de siempre.

Cuando el régimen optó por el continuismo e hizo ganador a Morales, sin segunda vuelta, le dio la espalda a la realidad e hizo oídos sordos al pulso de sociedad. Por eso explosionó ‘la revolución de las pititas’, con milenials y centenials, a los que sumaron los adultos, henchidos de convicción democrática y capacidad de multiplicarse en el tejido social de todo el país. Solidarios, incansables y creativos, los impulsaba un compromiso cívico, ecologista y político apartidista, que ya lo habían demostrado durante los devastadores incendios en la Chiquitania, cuna de la cultura cruceña mestiza, como afirma el historiador Alcides Parejas Moreno.

En esa contundente Santa Cruz insurrecta, consolidó su liderazgo el joven e intrépido presidente del Comité Cívico cruceño, Luis Fernando Camacho. Llevaba una carta de renuncia para que Morales la firmara, en una mano, y la Biblia en la otra. El condujo una movilización social urbana sin precedentes: las ciudades se levantaron como gigantes frente al continuismo de Morales, descubriendo una cohesión social, religiosa y política no partidaria, nunca imaginada.

Las luchas cívicas no son lo mismo que las luchas políticas. Estas son luchas por el poder, para acceder al poder, ejercerlo y mantenerse ejerciéndolo. Ese factor las diferencia. Las cívicas pueden tener objetivos políticos, como la lucha liderada por Camacho: rechazo al fraude y la renuncia de Morales. ¿Qué más político que rechazar un fraude electoral y exigir la renuncia de un tirano?

¿Encontró la sociedad cruceña, en particular, en ese liderazgo cívico-confesional que transmitía emociones como ningún otro, la forma de expresar añejas y nuevas falencias de representación y reconocimiento social? ¿Fue una vía de canalización para reafirmar su antigua identidad de rasgos cooperativos/solidarios, claves para explicar el exitoso proyecto de descentralización y desarrollo regional de los años 60-70-80 del siglo pasado? En otras palabras, como cultura que produce interacción positiva, sin distinciones clasistas ni étnicas, sino de autorreferencia. De ahí la identificación de la mayoría de la sociedad cruceña con el discurso-proyecto del desarrollo y del progreso, tras siglos de postergación del gobierno central. En concreto: auto identificación territorial.

No obstante, en la crisis postfraude electoral, la única identificación era la tricolor bandera boliviana: la rojo, amarillo y verde. Fue la auto identificación nacional, emocional y política del país diverso, abigarrado, indio y mestizo que nos habían robado Morales y compañía. Como quería García Linera robarnos ‘el alma’ a los q’aras, a nosotros, los mestizos. No lo logró.

A Camacho se le sumó otro líder cívico, Marco Pumari, de Potosí, de extracción campesina y obrera. ¿Cuál el destino de esos liderazgos? Lo sabremos el próximo año.

La Policía amotinada, y el ejército que no salió en defensa de Morales, desembocaron en su renuncia, su huida y sus violentas amenazas. Desde el 10 de noviembre, día en que renunció el tirano, y desde el 12, cuando Jeanine Añez asumió la presidencia, existe un ‘nuevo origen’ en Bolivia: la transición democrática en libertad. De aquí en adelante, se trata de reconstruir el Estado Social de Derecho y de encontrar la síntesis en el ideario republicano.

Se trata de encarar el postevismo para conciliar la ética con la ley, el derecho propio con el deber colectivo, la educación con el desarrollo, la no explotación de la pobreza como recurso político.

Feliz y democrático 2020.

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