Emilio Martínez Cardona

Utilización o infiltración vandálica de los conflictos sociales en Ecuador, Chile y Colombia; retorno a las armas de gran parte de las FARC; victoria electoral del neokirchnerismo… Son elementos disímiles pero que forman parte de una contraofensiva regional de las fuerzas nucleadas en la ALBA y el Foro de Sao Paulo, ahora en vías de reinvención cosmética mediante el Grupo de Puebla.

Como en la etapa del moribundo socialismo del siglo XXI, la cabeza del proyecto sigue siendo la dictadura cubana, sólo que ahora el instrumento principal para la articulación ya no será la Venezuela chavista, sino el México de López Obrador y la Argentina de los Fernández-Fernández.

Se tratará, probablemente, de un populismo más pragmático que el del ciclo anterior, algo más parecido al lulismo.

Sin embargo, esta contraofensiva tropieza con el cambio de rumbo en dos países de la región: Bolivia, con una revuelta antifraude que tuvo el tino de no agotarse en la simple demanda de una segunda vuelta (que habría dejado al MAS con mayoría parlamentaria en el 2020-2025); y Uruguay, donde la “alternancia plural” liderada por Lacalle Pou desplazará del poder a uno de los integrantes del Foro de Sao Paulo, el Frente Amplio, que a pesar de su relativa moderación en la política interna practicó un sistemático amparo a la autocracia de Nicolás Maduro.

Las relaciones entre Bolivia y Argentina, luego de que Alberto Fernández asuma la presidencia, serán sin duda una de las fronteras álgidas en este nuevo esquema de bloques. Desde ya, los radicales en el neokirchnerismo, representados por La Cámpora, trabajan para que la política exterior de la próxima administración argentina se aboque a dificultarle las cosas al gobierno de transición que encabeza Jeanine Añez.

De ahí la “misión” de Juan Grabois, cuyo objetivo no es sólo la desinformación internacional, sino también preparar el ambiente para una eventual instalación de Evo Morales en territorio argentino, tal vez en el norte, desde donde podría continuar sus directivas desestabilizadoras con mayores facilidades logísticas.

Aquí jugará mucho la destreza que tenga el gobierno de transición en sus relaciones con Brasil y Uruguay, para que a Alberto Fernández no le resulte tan fácil dejarse arrastrar por las iniciativas radicales de La Cámpora. Habrá que construir una geopolítica de la democracia.

En cuanto a México, la aplicación heterodoxa de la Doctrina Estrada, permitiendo arengas violentistas de un ex presidente asilado, parece inaugurar más bien una nueva doctrina, de un injerencismo velado o por omisión, que ya genera críticas y protestas entre los ciudadanos mexicanos, preocupados además porque la misma tolerancia hacia los cárteles que caracterizó al régimen evista sea la línea a seguir por el gobierno de AMLO.

Por lo pronto, tendremos bastante de qué discutir en los próximos días con el Informe Grabois, cuyas páginas, a juzgar por las filtraciones que se conocen hasta el momento, pertenecerían más a la literatura fantástica y surrealista que a la documentación de los derechos humanos.

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