Roberto Ortiz Ortiz*

Durante la conversación política se utiliza la evidencia como método de persuasión para convencer a otra persona que tu idea o propuesta es correcta. Sin embargo, cuando vemos que la evidencia no es suficiente, tomamos el camino de la educación y explicamos con lujo de detalle el asunto, pero nos volvemos a encontrar con que no hemos logrado cambiar la opinión de nuestro opositor.

¿Por lo tanto, como dialogamos cuando el problema no es la evidencia, ni la educación, sino un desacuerdo enteramente ideológico? Para responder, voy a permitirme parafrasear algunas conclusiones de la científica Guadalupe Nogués.

Basta con ver las redes sociales para darse cuenta de que cada discusión, cada desacuerdo y cada conversación, parece una batalla entre el bien y el mal con opiniones cada vez más extremas, intolerantes y sobre todo homogéneas, sin razonamiento individual.

Esta homogeneidad de pensamientos es considerablemente dañina para la democracia, porque ha mantenido la conversación solamente con los que piensan igual y en vez de crear puentes comunicacionales ha cavado más la zanja que separa a los de un lado y los del otro, por lo que el dialogo desaparece y el acuerdo se torna imposible. El país se ha convertido en una combinación explosiva de agresión y desconfianza.

¿Podemos hacer algo?

Las opiniones que nos gustan se vuelven parte de nuestra identidad, por lo que ya no solo pensamos ese algo, sino que nos convertimos en ese algo y cualquiera que logre sembrarnos una duda pasa a ser inmediatamente un adversario, mientras nos agrupamos con los que piensan igual por esa necesidad primitiva que tenemos de proteger nuestra integridad. Esto es tribalismo.

Cuantas veces han preferido no emitir opiniones políticas en un lugar, solo porque no conocen como piensan los demás. Esto no significa que no tengan opiniones o que sean tibios, simplemente es el clima de conflicto permanente que genera el tribalismo. Un clima de agresión donde preferimos retirarnos del debate, ya sea por miedo, por hartazgo y sobre todo por la penalización social del disenso.

Esto genera un silencio, que normalmente se confunde con asentimiento y se crea una ilusión generalizada de consenso. Como se oye una sola opinión, parece que hay una sola opinión y por lo tanto cualquier otra opinión es disonante, es ajena y debe ser eliminada. Es una censura desde abajo y una gran amenaza a la libertad de expresión. Ya no es el político el que te censura, sino la sociedad que ha otorgado su capacidad individual de razonar a esa “opinión única e ilusoria”.

Por el bien de la democracia es necesario eliminar el tribalismo dejando de lado el “qué creemos” por el “cómo creemos” sin que lo que pensemos se convierta en lo que somos, para así generar matices y a partir de ahí se puedan construir consensos para lograr acuerdos a pesar de nuestras diferencias.

Los humanos somos inventores y en algún momento, inventamos la idea de sentarnos junto al fuego a conversar. En algún punto, las conversaciones y el fuego se parecen, los dos están siempre entre dos peligros, el de extinguirse y el de crecer de modo descontrolado.

Nos llevó tiempo, pero aprendimos a usar el fuego, a mantenerlo vivo para que no se apague y a manejarlo para que no nos destruya. Quizá, llegó la hora de hacer lo mismo con las conversaciones.

*Fundador de Estudiantes por la Libertad Bolivia

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