Arturo Yáñez Cortes

Definitivamente, l@s bolivian@s estamos disfrutando de nuestra primavera. No me refiero sólo a la estación que empezó el pasado 21 de septiembre, sino a la que devino por el 20-O, con la caída de la tiranía, etc. Tratando de no caer en el exitismo, se respira aires de libertad y las sensaciones que sentimos pasan por congratularnos, agradecer y disfrutar de lo que los ciudadanos hemos conseguido: cuando los de abajo nos movemos, se caen los de arriba. Y así fue…

Fruto de esos aires primaverales han sido algunos, pocos, cambios en la administración de justicia. Con sorpresa, algo de indignación y hasta sarcasmo, apreciamos los frutos de aquella primavera. Aunque parezca increíble, los mismos juristas del horror que hicieron tabla rasa con los Derechos Humanos y el Debido Proceso de ciudadanos bolivianos fichados por el régimen, de pronto, seguramente con base a similares argumentos con los que le metían no más, recuperaron la dignidad y el respeto (además de acordarse de su rol) y, por ejemplo, liberaron al injustamente encarcelado cocalero Franklin Gutiérrez; a los últimos detenidos por el caso Terrorismo; hicieron aparecer la extradición de su (ex) amigo y así, algunos otros casos tal vez menos famosos, en los que vaya sorpresa, la justicia se hizo honor a sí misma. Milagros primaverales…

Sí, sé que el daño hecho jamás podrá ser reparado pues por ejemplo una noche en una celda de manera injusta, innecesaria o desproporcionada no se repara con absolutamente nada, tampoco el sufrimiento de la familia, el detrimento causado o el sabor de la injusticia sufrida; pero a la vista de lo sucedido, seguramente vendrá bien aunque sea a esta altura del daño, la libertad finalmente resuelta o el cese de la persecución.

Como Abogado, me consta el grado de desesperanza enfrentado al comprobar sistemática y asquerosamente como los juristas del horror vulneraron de la manera más vil y mediocre los derechos ciudadanos, por el sólo hecho de cumplir instrucciones y/o no tener el menor sentido de dignidad y respeto para realizar sus elementales obligaciones por las cuales percibían un salario (con nuestros impuestos); si hasta en privado, algunos pedían disculpas o lo “lamentaban”, intentando adormecer su conciencia, con pretextos tales que no tenían más remedio que prevaricar por sus guagüitas, su familia, su trabajo, etc. En fin…

¿Qué es lo que cambió entonces? se preguntará cualquier observador. ¿Las leyes? no; ¿Los jueces y fiscales? tampoco; ¿Sus Abogados? menos. ¿Los fundamentos planteados? muy poco, estimo. ¿Entonces? Lo que cambió fue el clima institucional. De pronto varios operadores del sistema de justicia, sienten –seguramente con enorme vergüenza y arrepentimiento- que lo suyo, su razón de existir, era hacer justicia y no ser carniceros de las garantías ciudadanas, peor tenderle la cama al tirano, atarle sus watos.

Si bien lo que está ocurriendo no es suficiente para dotarnos ya no más de un sistema de administración de justicia por lo menos algo confiable que garantice a todos, seguridad jurídica y respeto de sus elementales derechos y garantías sin importar lo que sea, piense o cualquier otra consideración que impida vaciarlos de contenido, parece que los vientos soplan con algún moderado optimismo. Uno de los grandes fracasos (entre muchos) del régimen fugado fue el de la justicia, pese a que lo intentó de todo: nueva CPE, nuevos sistemas de elección, cientos de leyes, etc. Todo fue estrategia envolvente no más.

No se trata de leyes, tampoco de presupuestos (aunque una mayor asignación ayudaría mucho en ciertos aspectos) sino de cambiar las estructuras de funcionamiento del sistema de justicia. Distinguiendo lo urgente de lo importante, será determinante empezar por sus recursos humanos, lo que implica que sus altos cargos sean, además de dignos e idóneos, independientes; con eso habrá que organizar carreras (no aquellas que oímos en los audios) que garanticen adecuadamente a los operadores su ingreso, permanencia y hasta cese al cargo. De esa manera, no sucederá aquello de MONTANER: “Cuando los jueces no obedecen las leyes, sino a los hombres, se comportan como perros de presa. En el momento en que la correa cambia de manos, atacan a los antiguos amos”.

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