Enrique Fernández García*

Para corregir una indiferencia natural, me vi colocado a mitad de camino entre la miseria y el sol. La miseria me impidió creer que todo está bien bajo el sol y en la historia; el sol me enseñó que la historia no lo es todo.

Albert Camus

En una biografía sobre la Escuela de Frankfurt, Martin Jay observa el desprecio sentido por sus representantes hacia temas económicos. En efecto, tanto Horkheimer como Adorno, por ejemplo, no se dedicaron a profundizar al respecto. Es cierto que un pensador puede optar por concentrar sus recursos en una materia determinada, como la cultura, creyendo prescindible lo demás. El problema es que, cuando se pretende la crítica de todo un sistema, cuyo elemento económico resulta fundamental, su indagación debe ser forzosa. No se trata de quitar mérito a otras reflexiones que hicieron; el punto es subrayar una deficiencia nada menor. Hubo otros autores que caminaron por esos mismos pagos. Recuerdo que, cuando Régis Debray carga las tintas contra Louis Althusser, antiguo maestro, destaca su ignorancia en ese campo. Según su desencantado alumno, el autor de Para leer El capital desconocía decididamente la economía.

Pero hubo igualmente aprecio por esa clase de cuestiones que, sin duda, conciernen a nuestra convivencia. De hecho, la economía como ciencia fue posible gracias a un distinguido pensador, Adam Smith. En su época, la cátedra de filosofía moral que ocupaba contemplaba diferentes áreas del saber, incluyendo economía política. Así, ejerciendo el profesorado, razonando, investigando, contribuiría a consolidar una disciplina que ya no cabe desdeñar en absoluto. Hume, su gran amigo, había asumido también esa tarea; varias de las páginas que escribió evidencian cuán serias eran sus preocupaciones. Más adelante, hallamos a John Stuart Mill, que, al margen de discurrir sobre la libertad, analizó el socialismo, considerando su viabilidad económica, entre otros enfoques. Desde luego, no puede faltar la evocación de Karl Marx. Allende las refutaciones que merezcan sus dictámenes, no se podría negar su esfuerzo por entender la economía. No le faltó, pues, voluntad para el estudio, aunque nunca garantiza esto que lleguemos a buen puerto.

Contemporáneamente, la economía continúa siendo objeto de análisis filosóficos. Distintos pensadores sirven para probarlo. Hay quienes, como Mario Bunge, discuten su carácter científico. Por otro lado, encontramos individuos a los que les interesa, además de ahondar en sus diversos aspectos, proponer cambios sociales en donde lo económico sea indispensable. Obras de Amartya Sen, Michael Novak y Alex Rosenberg, entre otros autores, permiten que notemos la vigencia del interés intelectual. Por supuesto, con la caída del Muro de Berlín, las reflexiones que poseen talante crítico nos colocan frente a detractores y defensores del liberalismo. Conviene resaltar que, aunque fracasen en la realidad, las alternativas al sistema capitalista tienen combativos razonadores.

Por último, existen los que, como algunos posmodernos, prefieren un nihilismo capaz de conducirnos hacia la paralización más perniciosa; conforme a esta posición, ningún cambio, acción o cuestionamiento justificaría nuestro respaldo. La desgracia, para estos últimos sujetos, es que su desinterés puede ser aprovechado por quienes, sin reflexión previa, impongan creencias, volviéndose éstas populares, poniendo en peligro todo bienestar. Pocas cosas son tan peligrosos como el abandono de la razón en el ámbito económico. No planteo su glorificación; advierto que, si pretendemos el establecimiento de condiciones gracias a las cuales nuestras necesidades sean satisfechas del mejor modo posible, su empleo es fundamental. Lo malo es que no todos quieren pagar el precio.

*Escritor, filósofo y abogado

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