Artículo publicado en Percontari, revista del Colegio Abierto de Filosofía

No sólo los factores racionales intervienen en las decisiones económicas. Más allá de éstos, hay una propensión psicológica hacia el riesgo que explicaría la expansión de un sistema como el capitalismo. Así lo sostiene el gran olvidado Alois Schumpeter en libros como Teoría del desarrollo económico y Capitalismo, socialismo y democracia.

En sus textos, Schumpeter plantea la existencia de una suerte de épica de la economía, a través de la manifestación de un “espíritu emprendedor” (Unternehmergeist), señalando que, en lo que él veía como la “época de apogeo del capitalismo”, había innumerables individuos dispuestos a arriesgarlo todo para probar nuevas ideas o intentar empresas revolucionarias.

En Teoría del desarrollo económico indicaba: “La función de los emprendedores es la de reformar o revolucionar las formas de producir poniendo en uso una invención o, más en general, una posibilidad tecnológica aún no probada de producir una mercancía nueva o de producir una ya conocida en una forma nueva: abriendo una nueva fuente de abastecimiento de materias primas o un nuevo mercado, reorganizando la empresa, etcétera. Actuar con confianza más allá del horizonte de lo conocido y vencer la resistencia del medio requiere aptitudes que solo están presentes en una pequeña fracción de la población y que definen tanto el tipo como la función del emprendedor”.

Por su parte, R. Heilbroner ha resumido el dilema de Schumpeter: “El capitalismo tenía todo el brillo y la emoción de un torneo caballeresco. Pero justamente en ello residía el problema. Los torneos requieren un ambiente suficientemente romántico, y en la atmósfera aburrida, prosaica y calculadora que los mismos jefes de empresa cultivaban no podía sobrevivir el viejo espíritu precursor del capitalismo. Para Schumpeter el capitalismo podía conservar su fuerza solo en la medida en que los capitalistas se comportaran como precursores y caballeros andantes (…) Y ese tipo se estaba extinguiendo. Peor aún, estaba siendo aniquilado por la civilización que él mismo había creado”.

En Capitalismo, socialismo y democracia el economista austrohúngaro planteó: “Esta función social está ya hoy en día perdiendo su importancia. (…) La innovación en sí misma está siendo reducida a una rutina. El progreso tecnológico se está convirtiendo cada vez más en un asunto de grupos de especialistas que producen lo que se les pide y realizan su trabajo de manera predecible. El romanticismo de las antiguas aventuras comerciales está rápidamente desapareciendo (…) Así, el progreso económico se hace despersonalizado y automatizado. La acción de los individuos tiende a ser remplazada por el trabajo de comités y departamentos”.

En un marco fatalista, Schumpeter lamentaba que ciertas fuerzas creadas por el propio capitalismo tendían a destruirlo, haciendo hincapié en la señalada despersonalización, que ha socializado la dirección de las empresas, sustituyendo al empresario individual por comisiones, directorios, gerencias y oficinas de grandes sociedades anónimas, cuya actitud psicológica es pasiva y conservadora.

En 1942 decía que, si pudiera repetir en los próximos cincuenta años la gigantesca obra realizada en la media centuria anterior, la economía capitalista eliminaría del mundo la pobreza, pero era pesimista sobre esto.

Lo cierto es que Schumpeter no llegó a ver ni prever la cuarta revolución industrial (o posindustrial) que vivimos en la actualidad, que ha revivido aquel espíritu heroico del riesgo y la innovación con pioneros como Bill Gates o Steve Jobs. Es inevitable no ver en la batalla de Jobs con su directorio una victoria del empresario individual y creador sobre la maquinaria despersonalizada y socializante de las grandes corporaciones.

En suma, la economía capitalista también es asunto de épica, de una cierta ética del heroísmo donde el valor intrínseco de la creación trasciende a la mera ganancia material.

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