Carlos Pablo Klinsky

Contra lo que dice la engañosa leyenda que Evo Morales trata de divulgar en el exterior, la Bolivia que nos dejó tras 14 años en el poder reúne graves dilemas en lo económico, social, político e institucional, que requerirán para su solución de una gran capacidad de concertación, decisión, visión estratégica y firmeza.

En lo económico, recibimos un país con nada menos que un 8% de déficit fiscal, una de las peores cifras de toda América Latina. Las cuentas macroeconómicas fueron sobrellevadas por el régimen mientras se mantenía el boom de los hidrocarburos, pero fueron colapsando en los últimos años.

Lo mismo pasa con las Reservas Internacionales Netas (RIN), que cayeron de 15.000 millones de dólares en el 2015 a 6.500 millones en la actualidad. En otros términos, pasaron de representar el 45% del PIB a un 18%, colocándonos por debajo del promedio regional.

Por su parte, la balanza comercial registra un déficit cercano a los 1.000 millones de dólares para la gestión que está por cerrar. Y el crecimiento del 2019 caería a un 2,2%, cuando, de acuerdo a estimaciones del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), podría ser de hasta un 7% anual con sólo sustituir al Estado-traba por una efectiva alianza público-privada.

Comparemos también con la región al “milagro boliviano” de Evo en materia social: de acuerdo a cifras del Banco Mundial (BM), el gasto público nacional en el sector salud es inferior al promedio sudamericano, tanto si consideramos el porcentaje del PIB como si es medido en relación al Presupuesto General del Estado.

El PGE de Bolivia en 2018 sólo destinó un 6,8% a la salud, mientras que Paraguay presupuestó un 12,3%, Argentina 13,7%, Uruguay 13,8%, Perú 15,6%, Chile 15,6% y Colombia 18,3%.

El BM también anota que la esperanza de vida (67,9) es 7 años más baja que el promedio latinoamericano (74,7); la mortalidad materna triplica la media regional (206 contra 67) y la mortalidad infantil es de 38 por cada 1.000 nacidos, comparada con los 18 por cada 1.000 en América Latina.

En lo político, Evo Morales deja un legado negro de polarización, confrontación, degradación de la cultura política e intolerancia, un clima que propició para poder llevar adelante su proyecto autoritario.

De la mano de ese proyecto, se produjo un desmontaje sistemático de la institucionalidad, copando los tres poderes del Estado (reducidos a la calidad de “Órganos”), se borró toda posible independencia de la Contraloría y de la Fiscalía General, y se redujo a los jueces de los principales tribunales (TCP, TSJ, TSE) al papel de simples marionetas.

El desafío de reconstrucción democrática, entonces, es mayúsculo. Asumámoslo con responsabilidad y unidad, priorizando el bien común y la gobernanza por encima de intereses particulares que ya tendrán su tiempo adecuado.

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