Carlos Pablo Klinsky*

Evo Morales ha sido el gran bloqueador de la democracia boliviana desde hace 22 años. Primero desde El Chapare, como máximo dirigente de los productores de coca para cocaína, cargo desde el cual desestabilizó al país desde 1997 hasta que logró crear la circunstancia propicia para acceder al poder en enero de 2006.

En una extensa segunda fase, bloqueó al país desde el Palacio de Gobierno muchas veces, con invasiones cocaleras a Cochabamba, cercos a Santa Cruz e incendios en la alcaldía de El Alto. Su último acto como presidente fue ordenar a sus bases el cerco a las ciudades “para ver si aguantaban” sin alimentos.

Ese es el verdadero rostro de quien ahora se victimiza desde la Ciudad de México, donde diariamente ordena por Twitter a sus seguidores que sigan caotizando a Bolivia con su “resistencia”. Es su tercera fase como bloqueador eterno y esperemos que también la última.

Con sus permanentes llamados a la insurrección contra el nuevo gobierno democrático de Bolivia, Evo Morales viola de manera flagrante el Tratado de Montevideo, que regula las condiciones de asilo, por lo que las principales autoritades mexicanas estarían en la obligación de llamarlo al orden.

La administración de López Obrador también debería tener en cuenta que durante el régimen de Morales se detectó la actividad en Bolivia de emisarios de los cárteles mexicanos de la droga, incluyendo al hijo del “Chapo” Guzmán, actividad que contaba con la tolerancia del gobierno cocalero. México debe revisar la pertinencia de asilar a alguien sobre quien pesan fuertes sospechas de colaboración con esos cárteles.

La democracia boliviana debe ser desbloqueada de una vez, para lo cual hace falta el concurso de la comunidad internacional. Ya son varios los países que reconocen la legitimidad del nuevo gobierno que encabeza Jeanine Añez, incluyendo a Estados Unidos, Brasil, Gran Bretaña, Colombia, la presidencia encargada de Venezuela de Guaidó, y hasta Rusia, que parece haber tomado nota de los nuevos vientos que empiezan a soplar en América Latina.

Pero junto con el reconocimiento hará falta mucha cooperación para el fortalecimiento institucional, intercambio de información para la lucha antidroga, y una plena inserción de la nueva administración democrática boliviana en los diferentes espacios multilaterales, desde la OEA hasta Naciones Unidas, pasando por los diversos parlamentos regionales.

*Senador demócrata

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