Arturo Yáñez Cortes

Confieso, que antes del 20- O cuando leía aquella frase: “A los dictadores no se los saca por las urnas, se los derrota en las calles”, tenía muchos temores de lo que finalmente iría a pasar luego de las elecciones, cuyo hedor de fraude ya apestaba desde mucho antes, no sólo por el 21-F, la SCP No. 084 o el criminal comportamiento de los “jueces” electorales, hoy en su mayoría detenidos. Mis peores temores apuntaban a lo que hoy ocurre en Venezuela o Nicaragua, con un pueblo que no acaba de derrotar a sus dictaduras, con enormes costos humanos y otros.

Es que, luego de sus sistemáticas estrategias envolventes propinadas al soberano, parecía muy poco probable que el tirano y su régimen cumpla con el fair play electoral, pues como diría el Vasco Askargorta: “Se juega como se vive”. Imposible entonces para ellos e, intolerable para nosotros.

Empero, producto del empute del soberano acumulado precisamente de aquellas, sistemáticas, estrategias envolventes, los ciudadanos bolivianos acabamos de probar la completa falta de puntería de aquello que se podrían sembrar nabos en nuestras espaldas. Ante el fraude generalizado evidenciado por la OEA convocada para intentar darle aire por el mismo régimen – y conste que sólo auditó el 20-O- la pita se terminó de romper por su lado más débil y luego de las legítimas protestas ciudadanas, el golpe de gracia al régimen lo dio el motín policial. Lo demás ya es historia.

¿Sólo se amotinó la Policía? Sostengo que no, pues la revolución de las pititas, ha terminado probando aquella frase inicialmente puesta aquí sobre el fin de las tiranías. No fue sólo la Policía la amotinada, fuimos los ciudadanos quienes no estábamos más dispuestos a tolerar que nuevamente lo que seguramente constituye una de las mayores expresiones de libertad, ciudadanía y por supuesto democracia, el voto soberano, sea prostituido por unos bellacos para atornillarse en el poder, sine die.

Aunque recuerdo algunos sumamente interesantes, por ejemplo aquí en la Capital la lucha por el retorno de los poderes, el fabuloso ejercicio de ciudadanía que hemos vivido a nivel nacional durante estos 21 días, no tiene parangón alguno por su extensión, generalidad y salvo algún exceso menor, su evidente voluntad pacífica, paradójicamente demoledora para los ángeles de la muerte del antiguo régimen, aquellos que deliraban con un Vietnam plurinacional; fanfarroneaban impartir clases de bloqueo o amenazaban contar los muertos (que sensiblemente, se produjeron).

Recuerdo la marcha hacia el histórico cabildo del 31 de octubre, por delante iban unos poderosos sicuris que jamás dejaron de soplar por las aproximadamente dos horas desde el Estadio Patria a la Avenida Las Américas; por detrás unos tamboreros que hicieron lo mismo y la gente de todos los lugares, en absoluta libertad, sin fichas, pagos o temores, marchamos felices absolutamente conscientes que lo más importante de una sociedad es la libertad; que nosotros y nuestros hijos, nadie merece vivir en una tiranía como la Venezolana, Nicaraguense o peor, la Cubana. Las banderas tricolores y la bella cruzada chuquisaqueña, multitudinarias. Un disfrute de ciudadanía plena.

Así que nos quedamos cortos cuando decimos que los amotinados fueron sólo los Policías. No señores, fuimos los ciudadanos los que nos amotinamos contra la tiranía. Que hubo golpe de estado si lo hubo, pero no de parte nuestra, sino del régimen. Un golpe en cámara lenta que empezó allá por el 2013 cuando usando a sus juristas del horror del Tribunal Constitucional, urdieron una ya tercera gestión inconstitucional y así sucesivamente, hasta la triunfante revolución de las pititas. Que el nuevo gobierno le haga honores, por muy transitorio que sea y siente las bases del retorno espero definitivo a la democracia y el rescate del estado sujeto al imperio del Derecho. “Ningún dirigente político por si solo puede poner fin a la democracia, y tampoco ningún líder político puede rescatarla sin la ciudadanía. La democracia es un asunto compartido. Su destino depende de todos nosotros” LEVITSKY – ZIBLATT.

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