Emilio Martínez Cardona*

Ahora que empezamos (no sin grandes riesgos y desafíos) a dar vuelta la página del régimen evista, me doy un tiempo para anotar algunas anécdotas que me tocaron vivir en los casi 14 años de Morales en el poder.

En el 2008, poco después de la publicación de “Ciudadano X: la historia secreta del evismo”, la dirigente cocalera y entonces ministra de justicia, Celima Torrico, conocedora de mi doble nacionalidad, se acercó al embajador uruguayo Zorrilla para espetarle un: “¿Cómo hacemos para que Martínez corrija su libro?”. Algo que sólo motivó la risa del diplomático, que poco después me contó entre bromas lo sucedido.

En el 2009, aprovechando la caza de brujas destada con el Caso Rozsa, Evo Morales declaró en su discurso del 1º de mayo que “los integrantes extranjeros de la HRF (Human Rights Foundation) serán expulsados y los bolivianos irán a la cárcel”. Por la circunstancia anotada en el párrafo anterior, me estuve preguntando cuál de los dos destinos me tocaría, en mi calidad de vicepresidente de la HRF Bolivia.

La arremetida fue conducida por Sacha Llorenti -celoso de que los DDHH dejaran de ser un monopolio ideológico parcializado- y ciertamente produjo exilios, aunque quedó a medio camino por la intervención de organizaciones internacionales protectoras de los defensores de los garantías fundamentales, como Front Line Defenders con sede en Irlanda.

En el año 2010, en una emisión al vivo del canal de TV estatal, Evo Morales me acusó públicamente de “agente del imperialismo”, luego de que algún funcionario distraído o travieso incluyera un ejemplar de “Ciudadano X” entre un lote de libros sobre él mismo que Morales donaba a la biblioteca de su natal Orinoca. Contesté entonces que sólo intentaba ser un “agente de la verdad”. La Sociedad Interamericana de Prensa (SIP) registró los dichos de Morales como una amenaza a la libertad de expresión.

En el 2011, el entonces asambleísta departamental del MAS, Roberto De la Cruz, pidió en declaración pública que la Fiscalía de La Paz me procesara por “desestabilizar al proceso de cambio con mis opiniones de derecha”. ¡Delitos de opinión! No pasó mucho tiempo antes de que De la Cruz pasara a la disidencia, con lo que abandonó sus intentos de censura.

En el mismo año, un amigo que fungía como asesor opositor del Senado, pero que tenía algunos “oídos” dentro del Palacio, me relató una reunión de gabinete donde se instruyó a un viceministro a “buscar una estrategia jurídica para procesar a Martínez”. Los hados quisieron que poco después el funcionario encomendado de la tarea inquisitorial cayera en desgracia temporalmente por el “Gabinete de la Extorsión” (Caso Ostreicher), quedando suspendida la nueva amenaza.

El azar o el destino quisieron que tuviera una suerte monumental para que no me cayera la “espada de Damocles” judicial que pendió de un hilo durante años, aunque sí sufrí ampliamente los efectos de una sistemática asfixia económica y laboral.

En cualquier caso, la oposición de 14 años al populismo autoritario es una aventura de la cual no me arrepiento en absoluto, y que en algún momento merecerá líneas más extensas que las apuradas en esta página.

*Escritor

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