Arturo Yáñez Cortes

Aunque formalmente aquella expresión latina se usa en el sentido del fracaso Goebbeliano de miente, miente, que algo quedara; coloquialmente se hace referencia a un estado de ánimo en el que vienen ganas de vomitar, por asco. Sostengo, es lo que millones de bolivian@s sentimos, después de los resultados del 20-O.

Como rezaba la propaganda del régimen (difundida con nuestra plata), Evo lo hizo y lo hará de nuevo, resulta que le metió no más y sí, lo hizo de nuevo: no satisfecho con haberle metido inconstitucionalmente su actual tercera gestión (2014-2019) pasándose por el orto el art. 168 de su CPE que sólo permitía una relección y su transitorio que aclaraba que los mandatos anteriores a la misma (2009) serán tomados en cuenta a efectos del cómputo de los nuevos periodos de funciones; no obstante que perdió el referéndum que el convocó para tratar de reelegirse eternamente, usó a sus juristas del horror del TCP que le inventaron su “derecho humano” para prostituir no sólo su CPE (aprobada en la masacre de La Calancha, aun impune), sino hasta la mismísima joya de la corona del Sistema Interamericano de DDHH: la Convención Americana de DDHH en su art. 23 sobre derechos políticos.

Empero, como aun así no le era suficiente, recurrió a otros de sus juristas del horror, esta vez a los de su “tribunal” electoral para validar su inconstitucional candidatura, quienes además se hicieron del otro viernes con todas las restantes arbitrariedades que cometió en campaña (uso de recursos públicos, abuso a servidores públicos convertidos en su carne de cañón, además de sus sponsors, etc) y por si fuera poco, truchó el recuento de votos para hacerse aparecer como “ganador” para huir de la segunda vuelta, pues ni con otro fraude iría a vencer. Incluso, surgen cada vez más dudas que en primera vuelta, lo haya realmente hecho.

Tuve que hacer aquel breve recuento de las bellacadas del régimen no para torturar al ciudadano, sino para poner en contexto de lo que significan; pues muchos acaban de darse cuenta – fueron muy optimistas o ingenuos-, que todo lo anterior prueba más allá de toda duda razonable (y conste que sólo me referí a lo estrictamente electoral) que el régimen (a diferencia de un gobierno legítimo) no es de Derecho, sino de facto y no sólo desde su “triunfo” del 20-O sino desde hace varios años atrás, por lo menos desde el 2014, aunque antes ya procedió también por encima de las leyes y hasta confesaron criminalmente que por encima de lo jurídico, estaba lo político: una variante de la “doctrina Morales”.

Así las cosas, parecía muy poco probable que tratándose de estas nuevas elecciones, por algún milagro plurinashonal, de pronto hayan decidido encuadrar su proceder al Derecho, a la decencia o hasta el sentido común siquiera. Multi reincidente como es, al régimen le es imposible huir de su talante autoritario, una suerte de comportamiento antisocial: “aquella conducta que un individuo realiza y que resulta ser contraria a los intereses o valores del conjunto de la sociedad”, reza el manual, algo anticuado pero bastante cercano a la realidad.

En “Cómo mueren las democracias” (Ariel, Bs.As. Noviembre de 2018) sus autores LEVITSKY y ZIBLATT enseñan que actualmente las democracias fracasan en manos ya no de generalotes, sino de líderes electos, de presidentes o primeros ministros que subvierten el proceso mismo que les llevó al poder; tal retroceso (frecuentemente imperceptible) empieza en las urnas y hasta los autócratas electos mantienen una apariencia de democracia, a la que van desmenuzando hasta despojarla de contenido. La paradoja trágica de la senda electoral al autoritarismo es que los asesinos de la democracia utilizan sus propias instituciones de manera gradual, sutil e incluso cuasi legal, para liquidarla.

El resultado del 20-O, en términos cualitativos no significa otra cosa que el régimen ha dado un salto olímpico con garrocha al vacío, patentizando aún para los más incrédulos o tardones en abrir sus ojitos, que esto es lo exactamente contrario a un estado sujeto al imperio del Derecho, cuya otra cara es la Democracia. El estado ha quedado deformado y degradado en una jungla plurinashonal en el que reina la fuerza bruta, la mañudería y la impostura: “Dos reglas sobresalen por ser fundamentales en una democracia que funciona: la tolerancia mínima y la contención institucional”. LEVITSKY – ZIBLATT.

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