El nuevo país que podemos construir puede ser federal, con autonomías o tener x o y modelo, pero con que primen estos principios elementales y que estén debidamente consagrados en la Constitución a este país le empezarán a pasar cosas muy buenas, eso tengámoslo por seguro, no tengamos duda alguna.

Aarón Andrés O. Gamboa*

En el Cabildo del 4 de octubre de 2019 para mi sorpresa un grupo de personas empezó a clamar “federalismo” al unísono y cada vez más voces se acoplaban a esta clamor, tal fue así que el Presidente del Comité Pro Santa Cruz incluyó en el pliego resolutivo del Cabildo el compromiso de iniciar las gestiones para la consolidación de un régimen federal en nuestro país.

Hablar de federalismo y en general hablar de cualquier cambio en la estructura política nacional implica reformar la Constitución, que es la que determina las reglas del juego a nivel general y para establecer un régimen federal la Constitución tendrá que ser modificada drásticamente, por no decir que se tendrá que redactar una nueva, a efectos prácticos.

Reformar la Constitución no es algo nuevo en Bolivia ni mucho menos, la Constitución vigente se promulgó el año 2009, hace solo 10 años y a lo largo de nuestra Historia como nación independiente hemos tenido 17 de ellas, por lo que este debate no sería el primero y muy quizás desde luego que no el último.

Como se entiende, la Constitución es la madre de todas las leyes, la que determina desde la organización territorial del Estado hasta la conformación de los poderes públicos, su interrelación y su funcionamiento, así como también la relación del individuo con el Estado. La Constitución no es ningún asunto menor y el Gobierno de Evo Morales lo sabe muy bien, tal es así que promulgó una Constitución a su medida poco antes de concluir su primer mandato aprovechando el inmenso poder político que en aquel momento tenía, cambiando las reglas del juego a su favor a último momento.

Aprovechando el caudal de apoyo político que en aquel momento tenía, el Movimiento Al Socialismo promulgó una Constitución que otorga al Estado una función cuasi omnipresente, estableciendo las cimientos de un Estado gigantesco, entiéndase, para tener más de donde robar. No es ninguna casualidad que los mayores robos al erario público en toda nuestra historia hayan ocurrido durante estos últimos 10 años, cuando se redujo la independencia de los poderes públicos (hoy órganos del Estado, como dando a entender que el único poder es el que viene del jefazo) a una mera ceremonia administrativa, inexistente en la práctica; la voluntad del jefazo y sus compinches es Ley.

Por eso el INRA, una institución sujeta al poder político y designios del jefazo, otorga tierras de la Chiquitanía como si fueran suyas a gente con el único propósito de obtener votos, causando un desastre ambiental de por medio. Y como el poder judicial (u órgano como ahora se llama) obedece al jefazo, no hay quien pague por los daños causados, bien gracias, a lo mucho culparán a alguno que otro chaqueador despistado pillado in fraganti con bidones de gasolina, pero los verdaderos responsables quedan impunes.

Por eso el Tribunal Constitucional Plurinacional, de la manera más vulgar y asquerosa declaró inconstitucional a un artículo de la Constitución aludiendo a un “derecho humano” para así vulnerar los resultados de un referéndum vinculante. ¿Y por qué? Porque la propia Constitución establece un procedimiento hecho a la medida del MAS para la elección de sus magistrados. Es decir, que la propia Constitución Plurinacional con sus procedimientos truchos es la que se deja vulnerar. El error nace de la propia Constitución y el MAS solo se aprovecha de esas falencias, hechas a propósito para hacer lo que les dé la gana.

La Constitución no es ningún asunto menor y eso debemos tenerlo muy presente, ya que así como una mala constitución puede hacer mucho daño, una constitución bien pensada puede significar la diferencia entre ser un país atrasado y pobre a ser una potencia mundial. ¿No lo creen? A los hechos me remito.

En el año 1850 la Argentina era el país más pobre de Sudamérica. Ubicado en las frías pampas del sur del continente y muy despoblado, tenía una miseria tal que a su lado los otros países del continente y especialmente Bolivia eran muy ricos y opulentos. ¿Pero qué sucedió después? En el año 1852, Juan Bautista Alberdi, un jurista que había leído a Adam Smith y era en general, un adelantado a su tiempo, escribía su libro Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina, una obra en la cual propone para su país un modelo de Estado en el cual, siguiendo los postulados de Adam Smith, se respete y proteja la propiedad privada en un marco de respeto irrestricto a la libertad individual, se reduzca el poder de los gobernantes y se desconcentre el poder hacia las provincias.

La obra de Alberdi fue ampliamente aclamada por la sociedad argentina de aquella época y sin muchos contratiempos en 1853 se promulgaba una Constitución haciendo caso de los postulados del reconocido jurista. Así Alberdi una vez promulgada la Constitución decía:

El que no cree en la libertad como fuente de riqueza, ni merece ser libre, ni sabe ser rico. La Constitución que se han dado los pueblos argentinos es un criadero de oro y plata. Cada libertad es una boca mina, cada garantía es un venero. Estas son figuras de retórica para el vulgo, pero es geometría práctica para hombres como Adam Smith.

Llevad con orgullo, argentinos, vuestra pobreza de un día; llevadla con esa satisfacción del minero que se para andrajoso y altivo sobre sus palacios de plata sepultados en la montaña, porque sabe que sus harapos de hoy serán reemplazados mañana por las telas de Cachemira y de Sedán. – La Constitución es un título de propiedad que os llama al goce de una opulencia de mañana. El que no sabe ser pobre a su tiempo, no sabe ser libre, porque no sabe ser rico.

Y dichas palabras no se quedaron como solo palabras…

En pocos años la Argentina que era un país despoblado, recibía millones de inmigrantes europeos acudiendo a este país por la subida de los salarios, que eran más altos que en Europa (cabe destacar que no existía el salario mínimo) y a finales de siglo se posicionaba como una de las 5 potencias del mundo, a la par de Estados Unidos, Inglaterra y Alemania. Nacía una sociedad opulenta. Su capital, Buenos Aires, se convirtió en una de las ciudades más hermosas del mundo, rivalizando con la mismísima París; nacía el tango; a inicios del Siglo XX construían el primer metro urbano en todo el Hemisferio Sur.

La Argentina vivía una verdadera edad dorada, sin embargo, los principios de libertad de comercio y respeto a la propiedad privada que habían sido consagrados en su Constitución, se irían corrompiendo gradualmente hasta la llegada de Juan Domingo Perón a la presidencia, destruyendo este todo respeto a la propiedad privada, subiendo impuestos, atacando al emprendedor, haciendo grandes nacionalizaciones y creando así una sociedad de parásitos que solo desea vivir del Estado. Dando lugar así a una continua decadencia de la que todos somos testigos, siendo ahora la Argentina un país con elevados índices de pobreza y de miseria.

Ahora volviendo al debate federal que hoy nos ocupa y que en su esencia es un debate constitucional, debemos plantearnos qué cosas realmente necesitan ser priorizadas en la redacción de un nuevo texto constitucional para solucionar las falencias que nuestra actual constitución posee, como el vergonzoso proceso de selección de magistrados para los tribunales. Y cómo no, también para solucionar falencias que venimos arrastrando desde hace mucho tiempo, como la sola existencia del INRA, que lo único para lo que ha servido es para tener miedo de que a uno le quiten su propiedad privada, un desincentivo brutal para cualquier tipo de desarrollo económico (que además sirve de instrumento político para el gobierno de turno), o como también la primacía del Estado en la economía, que viendo el ejemplo de la Argentina podemos identificar sin temor a equivocarnos como algo que destruye cualquier prosperidad en cualquier país del mundo.

La Argentina cambió su situación para bien hace más de 100 años promulgando una Constitución en la que se respetaban las libertades y se dejaba un Estado pequeño para atender aquellos asuntos que el mercado no podía atender, sin embargo falló en el largo plazo porque dejó camino libre a que en el futuro el Estado pueda seguir creciendo, democracia de por medio pues Juan Domingo Perón ganó las elecciones.

Si queremos que nuestro país avance a la par de las grandes economías emergentes del mundo, que vaya sorpresa igual respetan la propiedad privada (véase Perú, Chile, Etiopía o Botsuana), debemos aplicar el buen ejemplo de estos y como no, también aplicar el buen ejemplo de la Argentina de hace 100 años, pero estableciendo en nuestra nueva constitución una serie de frenos y candados para evitar que leyes o elecciones mediante en un futuro se terminen vulnerando los derechos fundamentales a la propiedad privada y libertades en general que son el verdadero motor para el desarrollo de cualquier país del mundo.

El nuevo país que podemos construir puede ser federal, con autonomías o tener x o y modelo, pero con que primen estos principios elementales y que estén debidamente consagrados en la Constitución a este país le empezarán a pasar cosas muy buenas, eso tengámoslo por seguro, no tengamos duda alguna.

El futuro es nuestro.

*Coordinador local de Estudiantes por la Libertad-Bolivia

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