Arturo Yáñez Cortes

Nadie podría negar la enorme riqueza cultural, histórica y patrimonial que Sucre y Potosí tienen, no en vano son ciudades declaradas patrimonio cultural de la humanidad por la UNESCO, a lo que podríamos sumar el fantástico Salar de Uyuni, empero: ¿Estamos explotando aquellos recursos en todas sus posibilidades? ¿Los usamos para generar (nos) empleo y riqueza? ¿Hicimos de ellas clusters empresariales y culturales? NO.

Cada vez que turisteo en alguna ciudad extranjera en la que veo –con sana envidia- la inteligente explotación de esas sus riquezas, quedo frustrado por la escasa capacidad que tenemos por estos lares para explotar esas nuestras evidentes ventajas, incluso comparadas con otras hasta menos evidentes, pero que son muy bien vendidas al turista.

Una reciente visita a la capital del imperio del Tahuantinsuyo, la hermosa Cuzco + Machu Picchu me ha dejado nuevamente con esa inquietud. Aunque su aeropuerto (inaugurado en 1967) ha quedado peligrosamente situado en su centro urbano y, podría especular que hasta el “Internacional” de Alcantarí parece mucho más moderno, amplio y funcional, resulta que la cantidad de vuelos que se percibe en una estancia breve en sus instalaciones o desde la ciudad, es significativamente superior seguramente incluso al de cualquier otra terminal boliviana. Los vuelos que ingresan y despegan son prácticamente constantes, generando un movimiento económico importantísimo para sus habitantes, taxistas, operadores de turismo, etc.

La ciudad de Cuzco, hermosa por donde se la vea, con una fabulosa arquitectura incaica y virreinal (tiene 103 edificios históricos calificados como monumentos) está muy bien conservada –que diferencia, por ejemplo, con nuestra catedral- y, por lo menos su centro histórico luce impecablemente iluminado, conservado y limpio (muy temprano, es lavado y barrido con carros especiales que la dejan absolutamente presentable).

Ni que decir de sus facilidades para el turismo: quedé con la impresión que sus habitantes han formado una cultura dedicada y orientada a la atención y explotación del turismo. Desde sus múltiples hoteles (en todas las categorías), sus cafés y restaurantes, casas de cambio, establecimientos de artesanías, etc., están organizados con tal lógica, multiplicando el valor agregado de la ciudad; por ejemplo, 12 hojas de coca son vendidas como recuerdo en un elegante sobre con algún tejido artesanal. Un guía-taxista nos comentó que el negocio de los denominados “turismos” (taxis, vans y buses) mueve diariamente más de 1000 unidades, dentro de la ciudad y hacia sus centros arqueológicos y pueblos cercanos (tejidos, gastronomía, espectáculos, etc) y, en todos esos establecimientos sin importar su categoría, están disponibles terminales para tarjetas de crédito de todas las marcas disponibles. Obviamente existen varias empresas de buses panorámicos para tours por la ciudad y sus alrededores cercanos.

Y eso, sin contar con la máxima atracción, la imperdible expedición a Machu Picchu, una de las nuevas maravillas del mundo (distante a 100 kms aproximadamente) pasando por otro excelente ejemplo de ciudad amigable para el turismo: Ollantaytambo, en el hermoso Valle Sagrado de los Incas.

¿Cuánta riqueza dejamos de producir los sucrenses y potosinos al dejar de explotar nuestras ciudades patrimonio? Estamos perdiendo muchas oportunidades para nosotros y nuestras generaciones futuras, habiéndonos acostumbrado a la belleza cotidiana de nuestros patrimonios, pero nos hemos olvidado de venderlos y explotarlos para el turista, pese a esas nuestras evidentes ventajas disponibles. Seguimos dependiendo de la minería (Potosí) o de FANCESA (a la quiebra en garras del oficialismo) o de algún otro recurso no renovable, sin explotar nuestros recursos culturales, generar empleo y multiplicar la riqueza. Urge armar un clúster turístico – cultural, pues: “La prosperidad a largo plazo le debe poco o nada a los recursos naturales…La pobreza o las riquezas y las satisfacciones personales y sociales dependen del hombre, su cultura, y de su marco institucional”. Peter BAUER

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