Álvaro Puente

No termina la crisis de la soya, aunque se esconda. Los productores exigen un precio que nadie quiere ni puede pagar. Desesperados, bloquearon hasta los senderos, porque desde la siembra han gastado más de lo que les dan por su grano. Los productores de pollos cierran sus granjas porque cobran por su pollo menos de lo que les costó alimentarlo y cuidarlo. Los criadores de cerdos también pierden. Y los que engordan ganado también. Los que producen mandarinas las dejan en el árbol, porque la venta no paga la cosecha.

Todos se desesperan. Todos sufren. No funciona el sistema. Alguien ha tocado los botones que no debía y la máquina humea y chirría. Pareciera que un niño ha jugado con todos los botones y se han disparado las reacciones anormales y las alarmas. Alguien se cree con autoridad sobre las leyes de la ciencia y de la sociedad y ha hecho lo que no debía hacer.

El Gobierno regaló incrementos salariales, aguinaldos, beneficios y bonos a capricho. Trabó la comercialización y dio normas que no le competen. La economía reaccionó en cada caso para lograr el equilibrio. En muy poco tiempo el trabajador no notaba el regalo. Solo quedaba un incremento desmesurado de los costos de producción y el consiguiente incremento general de precios. Lógicamente, a cada medida se vende menos y se produce menos. A cada regalo hay menos puestos de trabajo y se cierran más empresas. Con los años el desbarajuste se acumula y nos mata.

Hace poco más de diez años nuestros productos salían de contrabando a los países vecinos. Hoy no podemos competir con sus precios. En nuestro enfermo y deprimido mercado, copado por la barata producción externa, no hay dinero para comprar. Nuestros productores se ahogan en el absurdo de una quiebra insalvable.

El Estado debe intervenir en la economía para humanizarla, para hacerla parte de la dinámica ascendente de su sociedad. Sí, debe intervenir formando a sus miembros que entren a fortalecer cualquiera de sus áreas. Sí, debe intervenir en la mejora de la infraestructura que permite producir, acceder al mercado, obtener financiamiento, comunicarse. Sí, debe intervenir en la normatividad de la calidad de relación de la empresa con su equipo humano y en el servicio que presta la producción a la sociedad. Sí, debe intervenir cuando un eslabón de la cadena productiva o de la comercializadora se apropia de beneficios desproporcionados. Lo que no puede hacer nadie es manejarla como si la economía dependiera del capricho del tirano. No se puede fijar precios que no pagará el mercado. No se puede fijar salarios que no corresponden a la productividad. No se puede determinar valores que no dependen de la voluntad de nadie.

Ahora costará años y hambre volver nuestra economía a parámetros positivos. Los costos de producción son absurdos. Nuestro mercado se ha contraído a niveles alarmantes. No se ha hecho nada por mejorar la capacidad productiva de nuestra gente. No se ha dado asistencia técnica a nuestros campesinos. No se ha mejorado la seguridad social de los trabajadores. Solo se han dado órdenes arbitrarias para disimular la pobreza, que distorsionaron el sistema, y se inventan noticias falsas para adormilarnos.

Pueden engañar a ingenuos como el señor Zapatero, pero el hambre crece. Hay inyecciones de dinero clandestino que disimulan el desequilibrio de algunas áreas, pero no hay autoridad que desconozca la agonía.

El Deber

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