Marcelo Ostria Trigo

Las elecciones constituyen uno de los elementos esenciales de la democracia; es decir, que los ciudadanos escojan libremente no solamente personas, sino el modelo que desean para un futuro gobierno. La Carta Democrática Interamericana establece que es imperativa “la celebración de elecciones periódicas, libres, justas y basadas en el sufragio universal y secreto como expresión de la soberanía del pueblo…”. (Art. 3).

Estamos enfrascados en una intensa actividad preelectoral para los comicios generales del 20 de octubre. La preocupación de los ciudadanos es que se repitan las prácticas tramposas. Por ello, muchos desconfían que en octubre se refleje la verdadera preferencia de los bolivianos. Es más, no se trata de que en octubre los electores estén solo ante la alternativa de aceptar o no los resultados de esas elecciones, sino también de respetar lo que ellos mismos decidieron en el referendo del 21 de febrero de 2016. Esta una decisión democrática y, a la vez, una obligación legal –y aún moral– de acatar la regla constitucional que no permite la reelección indefinida de los gobernantes. Si a ese intento de atropello se une la fundada sospecha de que no se ha abandonado el ánimo de hacer trampas en las elecciones y en el escrutinio, es ostensible que se consolidará el abuso y la ilegalidad.

Entre los mecanismos para descubrir y denunciar excesos y distorsiones electorales, se cuenta con las misiones veedoras de organismos internacionales. La OEA y la Unión Europea tienen experiencia y pueden –si actúan con la necesaria anticipación– contribuir a la corrección de los males que aquejan al sistema electoral. En nuestro caso se requiere supervisión adelantada del padrón de electores, especialmente porque en el pasado reciente se denunció que varias decenas de miles de cédulas de identidad han sido ‘clonadas’, lo que hace suponer un modo de fraude ya montado.

El oficialismo anuncia que logrará abultadas cantidades de votos en su favor, pese a que hay una disidencia creciente. No es creíble que se gane en elecciones con diferencias cercanas a la unanimidad. Aún se recuerdan las elecciones del “cero votos” para los opositores. Luego se avanzó y, fruto de ello, se instaló el actual Gobierno. Para ser consecuente, el régimen debe desechar la tentación de hacer trampas, las que siempre se descubren, creando descreimiento en el sistema democrático.

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